Ante la catástrofe y la polarización

Estos parpadeos contra los que la única defensa es una vigilia inhumana, [son]  las grietas y rajaduras a través de las cuales otra voz, otras voces, nos hablan en nuestras vidas

–J.M. Coetzee

Los eventos humanos de cuya escala sin precedente somos testigos hoy en día, son significativos más allá de sus intenciones deliberadas, por debajo y encima de la línea de nuestra conciencia. El titanismo de la globalización se identifica correctamente, pero se ubica erróneamente y se enfrenta incluso más equivocadamente. Los ataques del 11 de septiembre del 2011, por escoger un ejemplo paradigmático, cuando se ven simplemente como actos terroristas perpetrados por fanáticos, alimentan nuestra inclinación a proyectar el Mal sobre su titanismo mientras negamos el nuestro. Ese camino nos conduce a una polarización cultural y global sumamente volátil y eventualmente, como ya lo vemos, a la guerra y a la destrucción. El monstruo del terrorismo es la respuesta refleja a ese otro monstruo tan formidable y horrible de la maquinaria económica que empuja la política mundial y el movimiento de la globalización.

Los ataques al World Trade Center no serían, entonces, solo el rechazo de la idea del capitalismo o de la globalización, sino el rechazo telúrico y sobrecogedor de toda una forma de vida humana –una reacción que viene desde las entrañas de nuestro mundo. Exigen receptividad más que acción o control; transformación interior más que entendimiento intelectual. Nos retan a encontrar nuevas maneras de vernos a nosotros mismos, a nuestras vidas y a nuestro mundo. Estas acciones deben verse como una nueva forma de evento natural, cuyo poder transformativo, como el de las catástrofes naturales, depende de nuestro reconocimiento de ellos como activos más allá de nuestra voluntad consciente. “Lo que descubre el psicoanálisis”, escribe Jonathan Lear, “no es una nueva área de conocimiento tanto como algo perturbador acerca de nosotros”. [1] Sus efectos y significación más profunda, por ende, pertenecen no tanto al ámbito de las ideas sino, principalmente, al ámbito de la sensibilidad, a la dimensión afectiva y actitudinal de nuestra vida.

Rilke caracteriza al nivel de la experiencia humana del que emergen estos eventos como los “antiguos terrores”, “los torrentes del origen” en nuestro interior, “los zarcillos de nuestro acontecer interno”,

los padres, que como ruinas de montañas

Reposan en el fondo de nosotros; (…) el cauce seco

De madres remotas—; (…) todo el

Paisaje silencioso bajo la nublada o clara fatalidad[2].

Las palabras de Rilke sugieren una concepción muy distinta de la subjetividad y de la experiencia interna de la que tenemos comúnmente. El yo ya no se identifica con contenidos internos conscientes y preformados que esperan aflorar, ni depende de ningún contenido representacional, sino que se piensa como el locus de una actividad que sobrepasa nuestra conciencia individual. Por supuesto que nosotros estamos dominados por una concepción del yo en la que el control y la voluntad son determinantes en nuestra relación con el mundo. Pero aquí se comienza a concebir a la conciencia, tanto individual como colectiva, más bien como un asunto de potencialidades que esperan una ocasión[3]. Y la ocasión la proporciona la pura contingencia, cuyos fenómenos son capaces de dictarle a la conciencia un camino quizás incluso necesitado secretamente por las circunstancias tanto internas como externas. Una revolución, un ataque terrorista pueden desde esta perspectiva entenderse como erupciones de esa necesidad secreta, imágenes intolerables que surgen de una necesidad de la psique individual y colectiva por movimiento y nueva conciencia.

A la concepción del yo como instintivo, entonces, haríamos bien en suplementarla, como lo sugiere Adam Phillips, con una concepción del yo como inmerso en una contingencia cuyos fines rebasan a la conciencia del yo. La tarea, por lo tanto, sería la de aprender a reconocer la fragilidad radical que ello implica y de la cual nunca nos liberaremos y a aceptar el hecho de que la irracionalidad nos confronta y nos determina a cada paso. Aprender a vivir, en otras palabras, sin saber o solo sabiendo que, en última instancia, no tenemos ni el poder ni el control. Lo que se requiere es una perspectiva un tanto más amplia de la que acostumbramos, desde dónde concebir nuestras opciones a partir de un “reconocimiento de la contingencia” que, según nos dice Phillips,

puede llamarse suerte, fortuna, accidente, coincidencia, y a veces se vive y se describe como una especie de agencia no-intencional o azarosa. En realidad no hay nada detrás de ella que la sostenga –aunque la podamos personalizar por medio de la proyección– y su presencia en sí misma no nos dice nada sobre nuestro poder. Ni lo disminuye ni lo aumenta, aunque podamos usarla para cualquiera de las dos cosas. Y porque incluye tanto al cuerpo como a cualquier cosa que no se sienta como el cuerpo, no es ni interna ni externa[4].

Freud redujo los accidentes personales a intenciones (inconscientes) y de ese modo circunscribió el ámbito del azar al dominio del sujeto, subordinándolo en particular a su pasado histórico. Pero si viésemos el pasado como “escondido en alguna parte fuera de ese ámbito, más allá del alcance del intelecto, en algún objeto material (en la sensación que ese objeto nos brindará) del que no tenemos idea”, entenderíamos todas las acciones siempre como instancias con una dimensión inconsciente (y por lo tanto “accidental” desde la perspectiva consciente). No la entenderíamos ya como la expresión de un pasado reprimido o como la manifestación de intenciones renegadas, sino como surgiendo de una intencionalidad que no está gobernada por leyes predecibles o incluso inteligibles para nosotros. Podríamos así, quizás, sacar conclusiones y prescripciones para la acción muy distintas de las que usualmente sacamos; podríamos tal vez ser capaces de concebir el terrorismo y el fanatismo, por ejemplo, no solo como la reacción del ego a la represión y a la injusticia, que indudablemente lo son también, sino como el modo externo, o el aspecto bajo el cual, algo completamente distinto, más profundo y antiguo emerge en nosotros.


[1] Lear, Jonathan, Happiness, Death, and the Remainder of Life, Cambridge, Mass: Harvard University Press, 2001, p. 4.

[2] Rilke, Rainer Maria, Las elegías de Duino, III, en: The Selected Poetry of Rainer Maria Rilke, New York: Vintage, p. 265-267) [mi traducción].

[3] Merleau-Ponty expresa una idea similar cuando esrcibr que “la filosofía no es la reflexión sobre una verdad pre existente sino, como el arte, el acto de traer la verdad al ser” (“Prefacio”, en: La Phénoménologie de la Perception, Paris : Gallimard, 1945). Incluso Husserl cuando nos dice que su interés es “esta experiencia, aún sorda (…) que nos ocupamos de guiar a la pura expresión de su sentido.” (Meditaciones cartesianas).

[4] Phillips, Adam, “Contingency for Beginners”, On Flirtation, p. 20

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2 thoughts on “Ante la catástrofe y la polarización

  1. profesor, quería hacerle una consulta sobre el impulso pigmaliónico. (le había dejado un tweet pero en 140 caracteres no me alcanzan…) Tengo una trabajo en el que me piden analizar la película de David Lynch “Mulholland Drive” la cual presenta en sus primeros dos tercios a una versión del personaje que se ve a sí misma como alguien bueno y exitoso (el mundo onírico) y el el último tercio de la película se muestran el tiempo histórico con lo que realmente sucedió, planteando al personaje en sus verdaderas dimensiones que es el de ser alguien lleno de rencor y frustración. (mundo latente) al ir pensando en esta comparación para mi ensayo llegué a la conclusión de que lo que genera esta división de ella en el mundo onírico es la divergencia entre su “yo ideal” y su “yo real” . veo la primera parte de la película como una representación de su subconsciente (de lo que sí es aceptable para ella) y llegando a este punto pienso en el complejo pigmaliónico que no soporta tanta realidad y se refugia en un sustituto. Quería saber (en lo posible) su apreciación al respecto y si está bien usada esta analogía del complejo pigamliónico con el subconsciente.

    1. laura, no lo creerás pero recièn encuentro este comentario tuyo en mi blog. Lo lamento mucho, pero si te sirve de algo me parece tu uso del impulso pigmaliónico realmente interesante y tu análisis de Mulholland Drive muy interesante desde esa perspectiva.

      Espero que te haya ido bien con el trabajo y durante el año y medio después de eso!

      muchos saludos,
      vjk

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