Keiko no es el otro

 

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Hace unos años Pedro León Zapata, el humorista venezolano, escribió una reflexión sobre la persistencia de Chávez en Venezuela que me pareció tan profunda y pertinente, pero al mismo tiempo tan difícil de asimilar inmediatamente, que la guardé entre mis papeles. Hoy, ante la inminencia de la elección presidencial, en la que en menos de una semana elegiremos a quien gobernará nuestros destinos en el Perú, y en medio de una situación tan abismal como la que fue entonces para Venezuela, sumida en estos momentos en un horror sin precedentes, rescato esa reflexión para adaptarla a nuestro momento nacional.

Para derrotar a Chávez, empezaba León Zapata, “se necesita derrotarnos a nosotros mismos, pues en cada uno de nosotros hay un Chávez.” Nunca se habría aparecido en nuestro camino un monstruo como ese de no llevarlo dentro. Es nuestra alma la que lo pone ahí.

Así expresa la misma intuición el poeta, Konstantin Kavafis: “Ni a los lestrigones ni a los cíclopes / ni al salvaje Poseidón encontrarás, / si no los llevas dentro de tu alma, /si no los yergue tu alma ante ti.”

Chávez para Venezuela, así como Fujimori en el Perú, es un espejo para su pueblo. La tarea está en concertar cuanto coraje y honestidad tengamos en nosotros para mirarla de frente y reconocer todos nuestros propios horrores: el autoritarismo y la prepotencia, la demagogia y la mendacidad, el irrespeto a las leyes y la corrupción generalizada… y tantas otras formas de barbarie más con las que convivimos a diario en nuestro país.

La polarización ideológica impide que nos reconozcamos más allá de nuestras creencias e ideologías. Keiko no es el otro, algo fuera de nosotros, sino nosotros mismos llevados a su peor y más extrema expresión. La lucha es afuera, pero también y sobre todo es adentro. Solo nos libraremos de los Fujimoris y los Montesinos cuando se vayan de nuestra alma, cuando tomemos la decisión de que desaparezcan.

De la decisión de respetarnos en las calles, de reconocernos todos peruanos sometidos a los mismos riesgos y peligros, debemos despertar a la solidaridad y la meta común. Es del reconocimiento de la intimidad del propio país con estas sombras, transformado en un sentimiento de rechazo colectivo, que podremos lograrlo.

Pero así como entonces para Venezuela, para nosotros hoy, ya no queda mucho tiempo para evitar entrar  en el laberinto. Y los abismos, aunque no los veamos aun, como bien escribió León Zapata, pueden ser infinitos.

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