Amarren a ese perro (lacras limeñas)

Screen Shot 2016-01-14 at 8.39.16 AMUna de las cosas más difíciles de aceptar luego de más de media vida fuera del Perú es la desconsideración y falta de solidaridad del limeño para con los demás. Esta ha sido una característica desde que yo recuerdo, es cierto; pero pienso que con la experiencia de la corrupción institucionalizada del fujimontesinismo, se ha agravado y radicalizado en nuestra conciencia y actitud colectiva; tanto que a veces veo muy difìcil, por no decir imposible, el camino de vuelta a una sociedad fuerte y solidaria. Hay días en que mi fe renace, por supuesto, porque siempre se encuentra uno con situaciones benévolas y gente de buena voluntad que lucha contra estas lamentables circunstancias sociales. Pero experiencias como la que he tenido hoy simplemente refuerzan mi sensación de que tenemos mucho que arar antes de empezar a vivir en una sociedad saludable. 

Resulta que estaba trotando por el malecón Cisneros tranquilamente, disfrutando del mar maravilloso de nuestra bahía miraflorina, cuando de pronto me percato de esta mujer con dos grandes mastines grises en el parque. Cerbero tendría que haber sido de esa raza por lo temible de su aspecto. Uno de ellos, una hembra preñada, estaba con su correa; el macho, sin embargo, caminaba libremente por el césped.

Al ver esa escena de esta mujer con sus dos perros, pensé, como uno piensa de refilón, que ese animal debería estar andando con correa. Si bien, a pesar de su voluminosa y atemorizante presencia, se veía perfectamente manso, un perro es un perro y (lo sé teniendo uno), en cualquier momento cualquier cosa puede hacerlo actuar imprevisiblemente. Y ese perro en particular,  enbravecido por algo debe ser cosa difícil de controlar y capaz de hacer a extraños pasar un buen susto o incluso causar algun daño…

Ni bien había pasado a pensar en otras cosas en medio de mi ejercicio, escuché a unos señores con su dachsund, ya ladrando histéricamente al perro que se aproximaba a ellos , gritarle desde la distancia a esta mujer que amarrase a su perro. La dueña de la bestia ni se inmutó, ignorando desalmada y arrogantemente el terror creciente de los dueños del salchicha y la cada vez más desesperada reacción del pequeño can. El señor tuvo que levantar a su perrito del suelo para calmarlo y protegerlo en sus brazos y alejarse apresurado del enorme animal.

Desde lejos ya, pero indignado y simpatizando completamente con el nerviosismo de los dueños del salchicha, e indignado por la impávida reacción de la mujer, grité a voz en cuello también, que amarrase a su perro. No supe más qué pasó, pues seguí corriendo, pensando que debería haber más control en el parque para que se obedeciese la regla de mantener a los perros con sus correas. Cuando no hay nadie en el parque (y hay horas del día en que esto es así) pienso que uno debería poder soltarlos para que disfruten de la libertad, pero no cuando hay tanta gente y tanta gente con perros y niños y mucho movimiento no.

Continué con mi trote y, ya de vuelta, volví a divisar a la mujer a la distancia, todavía en el parque con sus dos mastines, uno amarrado y el otro suelto. No se me ocurrió ya decirle nada, aunque me lamentaba calladamente de que no hubiese aun ningún sereno a la vista para pedirle que le impusiese orden y la obligase a amarrar a su perro. Pero cuando estaba abriendo yo ya la maletera de mi carro, alistándome para  abandonar el malecón y salir de vuelta a mi casa, la mujer me llamó y apuntó con el dedo desde lejos. Me aproximé a ella mientras me gritaba: “Metiche! ándate a tu parque y deja de meterte en lo que no te incumbe!”. Ya a su lado le dije calmadamente, que me parecía que era una desconsiderada y que debería ser más prudente … pero no me escuchaba y sus insistentes insultos no me dejaban hablar. Histérica y furibundamente me decía que me fuera “a mi parque” y dejase tranquilo “a su vecindario”.

Típicamente limeña, pensé, en el peor sentido de la palabra. Los argumentos con los que defendía su desconsideración y su imprudencia eran los mismos de siempre y evidenciaban la mentalidad de apartheid que aun define la vida urbana de muchos en nuestra ciudad: “Ándate con los tuyos, no perteneces aquí…”  Me pregunto cómo me habría tratado si fuese yo un poco más oscuro o vistiese menos convencionalmente de lo que lo hacía…

No tenía que decirle a la mujer que yo también vivo en Miraflores pues me parecía totalmente irrelevante;  incluso si yo viviese en Breña o en los Olivos, o fuese un turista de otro país, tendría el mismo derecho de quejarme ante el peligro que significaban sus perros en un parque público. Pero muy lejos estaba esa posibilidad, de su mentalidad de segregación social, tan despreciable, y la actitud que inmediatamente le afloró a esta mujer limeña.

Y ¿qué es eso de “metiche”? ¿Es que no hay conciencia de que compartimos todos una sola ciudad y que todos los que ocupamos este espacio tenemos igual derecho a opinar y a exigir consideración y respeto de los demás?

Hay días como hoy en que regreso a mi casa y pienso, como tantos peruanos y a pesar de mi mejor juicio, que aquí hay cosas que efectivamente pareciesen no poderse cambiar…

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