Narcisos todos (para Lulu)

narcisoHoy una buena amiga me dijo, delatando una cierta familiaridad con mi facebook, del que habíamos bromeado (yo más que ella) que lo abandonaríamos pronto –medio en confidencia, medio en broma– que yo era un narciso. “Te he visto, ah!”, me dijo en un gesto de complicidad. Y claro, en esa palabra siempre hay una leve censura, aunque no lo queramos. Porque, a fin de cuentas, hemos aprendido que no es bueno ser narciso. No decimos algo bueno cuando acusamos a nuestra época de ser narcisista tampoco.

Mi abuela me decía, por ejemplo, cuando yo era chico, que si seguía mirándome en el espejo se me “presentaría el diablo.” Obviamente me miraba demasiado al espejo, y esa era la solución de mi abuela para mesurar el desmesurado interés en sí mismo de su nieto. La estrategia sirvió por un tiempo; miraba menos y cuando miraba lo hacía con un cierto recelo y un poco de miedo. Pero al final he vuelto a mis andadas, y abuso ahora no solo de la imagen que proyecto sobre el espejo, sino sobre la fotografía ahora tan pululante y conspicua, y la pantalla, aunque lo siga haciendo con cierto recelo, incluso culpa y hasta un poco de miedo.

Recuerdo que antes miraba mi imagen en el espejo y contorsionaba la cara, hacía muecas, asumía emociones y las actuaba. Ahora hago cosas análogas, y ya no en la privacidad de mi baño, sino a la vista de todos. Fascinado estuve siempre con mi imagen, con la forma en que mis sentidos me permitían representarme.

montaigneMontaigne decía que nunca había conocido a un monstruo tan formidable y maravilloso como él y que por lo tanto se dedicaría a escribir sobre su vida y sus experiencias. Y así lo hizo y con ellas nos habló a muchos de cosas muy profundas de la vida. El narcisismo como fuente de vínculo y sabiduría.

Entonces pienso con Derrida y así le respondo a mi amiga, quien en complicidad compartió conmigo la vergüenza y la culpa que hemos heredado de las enseñanzas de nuestras abuelas: que “no hay narcisismo y no-narcisismo; hay narcisismos que son más o menos comprehensivos, generosos, abiertos y extendidos.” Narcisismos buenos y narcisismos malos, en otras palabras. Lo que se llama no-narcisismo no es otra cosa que “la economía de un narcisismo mucho más receptivo y hospitalario, uno mucho más abierto a la experiencia que del otro como otro.” El malo es el  narcisismo que te cierra de los demás, el que te aísla en tu propio mundo de fantasías y te tiene en aquel trance en el que tantos viven, desde el que piensas que todo el mundo gira, y debe girar, alrededor tuyo.

Pero aun más que eso, lo que Derrida agrega, es que sin un movimiento narcisístico de reapropriación, cualquier relación con el otro muere; muere antes de nacer. La relación con el otro, debe trazar un movimiento de reapropriación en la imagen de uno mismo para que el amor sea posible. El amor es narcisista.

No hay, entonces, amor sin espejo. La vanidad, en algunos de sus matices, es capaz de generar amor por el otro, a pesar de que toda su gravedad pareciera conducirla hacia sí misma solamente. Y todos asumimos que siempre lo logra.

eros and the mirror

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