Identidad, tiempo y “el pensamiento mágico” de la red

BOSCH

Estoy preparando una reflexión sobre la construcción de Identidad en Internet y reconozco mi sesgo filosófico al darme cuenta de que a lo que me lleva a pensar es en primer lugar en la relación que hay en la virtualidad, entre la identidad y el tiempo.

Por ejemplo, considerar lo que plantea esta situación de una reciente película sobre el Alzheimer, donde Alice graba un mensaje para ella misma en el futuro, anticipándose al futuro predecible para que de el único paso lógico posible en su situación tomándose píldoras que la durmieran para siempre.

 

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Félix Guattari, célebre co-autor con Giles Deleuze del revolucionario texto de Mil Mesetas. Capitalismo y Esquizofrenia, escribe en su libro El inconsciente maquínico,

 Pensar el tiempo a contrapelo, imaginar que lo que vino “después” puede modificar lo que fue “antes” o que cambiar el pasado en su raíz puede transformar hechos actuales: ¡Qué locura! ¡Un retorno al pensamiento mágico! Es pura ciencia ficción, y sin embargo…

Sin embargo, ya está aquí esa posibilidad. El pensamiento mágico de la web, donde pasado y futuro se cruzan e interactuan a través de la virtualidad,  nos permite dialogar con nosotros mismos, constituirnos, atravezando el tiempo. La memoria que nos constituye está registrada en Internet –en las fotos y textos y videos y patrones de movimiento que establecen nuestros hábitos– y es más poderosa que nuestra memoria individual, además de autónoma de nuestra propia deliberacion. Solo basta con pensar en cómo, incluso en el caso de uno mismo, muchos hechos y vivencias pueden haber sido enterrados en nuestra memoria mental o representacional, pero permanece grabada en nuestra memoria extendida sobre la red, que no depende de ningun acto voluntario sino de una conexión algorítmica cualquiera. Es por eso que Guattari habla del inconsciente maquínico, pues se trata de una memoria “poblada no solo con imágenes y palabras, sino además con todo tipo de maquinismos que la llevan a producir y reproducir esas imágenes y palabras.” (The Machinic Unconscious, p.10)

Lo interesante es que más allá de la identidad del ego, del individuo que tradicionalmente soy yo, en el nuevo espacio hibridizado de lo real y lo virtual que inaugura la web, se constituyen interacciones entre el ser y el tiempo que ya no funcionan en una sola dirección, por lo que nada está ya cantado y nada puede por lo tanto densificarse o coagularse en una identidad ya determinada. Entramos en una escala donde la “normalidad” humana –que como observa Guattari, nada tiene que ver ni con la locura, ni con la infancia, ni con el arte–, es desbaratada “por estas máquinas abstractas que atraviesan varios niveles de la realidad y establecen y demuelen estratificaciones.”

Pensar que entramos en una nueva era, donde la locura, la infancia y el arte prevalecen sobre la normalidad, puede bien ser pensado como una catástrofe. De hecho es la catástrofe en la que, según Agamben, debemos aprender a vivir; quizás para explorar, como lo preveía proféticamente Ortega y Gasset la sensibilidad, la espontaneidad, el instante, luego de habernos pasado los últimos dos mil quinientos años en Occidente explorando a la razón.

(Podemos pensar este giro en función del retorno al niño de la tercera transformación de Nietszche, o en función de una cultura donde el yo no se defina solamente por su conciencia intelectual sino principalmente por su sensibilidad, y por esa sensibilidad tal como ella aparece en cada presente. Uno podría más bien decir que nuestra concepción de la identidad comienza a depender más de la experiencia que de la representación, de la vivencia que de la memoria consciente. Pero eso lo que quiere decir es una revolución en nuestra concepción del ser humano y de la civilización que no es nada menos que una catástrofe.)

El tema que explora la película, de la pérdida de la identidad debido al Alzheimer, no es en absoluto ajeno a la constitución de la identidad en las redes. Podríamos hablar de esa enfermedad como un síntoma de nuestra cultura o una patología de nuestro tiempo, producto de la sobresaturación de estímulos, la extensión de la memoria en las redes y su consecuente hibridación maquínica, típica de comienzos del nuevo Milenio. De la acumulación de recuerdos con las que hemos aprendido a constituir nuestras identidades, sedimentándolos como rocas sobre las cuales construimos nuestras vidas, pasamos a la época de la pérdida y a la inmersión en el momento efímero, donde la memoria que constituye ya no es nuestra memoria consciente, que funciona en términos de representaciones enlazadas racionalmente, sino la que nos entrega nuestro cuerpo y las redes y su inconsciente maquínico, en el que el tiempo se entreteje con el ser de una manera distinta a cómo lo hacíamos con nuestra sola memoria. Nos alejamos de quien eramos como la barca del muelle del que ha soltado las amarras.

La percepción del otro depende de esos recuerdos y deja de lado, o se abstrae, de la espontaneidad que más bien es sometida a ellos, domesticada por ellos y el relato que nos hemos construido. No podemos concebir lo que querría decir una identidad sin esas amarras. Pero como insiste Alice, a pesar de lo ridícula, incapaz y cómica que pueda parecer la persona con la memoria discapacitada tratando de sostener una identidad basada en los recuerdos que posee, ella aun está ahí. Pero esa persona que aun está ahi –o los criterios que tendríamos que tener para acogerla en su identidad real, no la que otras realidades le imponen– es eclipsada por nuestros prejuicios y hábitos mediante los cuales accedemos al mundo y nos acercamos a (o alejamos de) el otro, ciegos a lo que en el ámbito del instante o de la espontaneidad tendría otra valencia.

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2 thoughts on “Identidad, tiempo y “el pensamiento mágico” de la red

  1. Victor me hiciste pensar en un capítulo de la serie inglesa “Black Mirror” que habla de la posibilidad de reconstruir nuestra identidad usando nuestro rastro en las redes sociales… échale un vistazo. El capítulo se llama “Be right back” y es el s02e01.

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