LA NUEVA FRONTERA

DF7

Lo otro no existe: tal es la fe racional,

 la incurable creencia de la razón humana.

Identidad es realidad.

Pero lo otro siempre persiste.

Antonio Machado

Debería estar escribiendo una presentación que me llevo fuera en diez días y que  aun se encuentra en estado de delirio incipiente (generalmente el primero de varios pasos hacia su conclusión). Pero en vez de eso, me pongo a escribir –sobre cosas que me preocupan de las noticias,  o una impresión que me ha quedado del día, o alguna opinión que alguien ha escrito a la que quisiera comentar,a veces es una reflexión sobre una película que he visto, o algo como esto–  y sufro. Me siento en una lucha interna entre mi inclinación natural de escribir espontáneamente a partir de mi  interés inmediato y, por otro lado, mi sentido del deber que me tortura repitiéndome que no tengo el tiempo para “desperdiciarlo” así, siguiendo mi caprichoso sentir. Solo últimamente se me ha hecho tan claramente sospechoso ese prejuicio tradicional contra la espontaneidad, la absoluta incapacidad nuestra ya de considerarla como valiosa en sí misma. Preparando la presentación que ocasiona estas líneas, he estado pensando en la conversión –que es el tema de ese texto–, y por lo tanto también en la indoctrinación, y particularmente en la indoctrinación social de más de doscientos años que explica ese sentimiento de culpa que se cuela entre los tira y aflojas de la tensión que estoy viviendo. Hemos sido educados en la modernidad dentro de una cultura occidental, que ahora pareciera ya una locura global (quizás sobre todo a partir de la caída del muro de Berlín), en la que la producción ha sido el valor supremo. Tener que producir y cumplir plazos y compromisos o promesas hechas a otros, por el solo hecho de haber incurrido en ellos, es la regla, la norma, lo que se espera, lo que cualquier persona decente toma como implícito. Parte de lo que está ocasionando esta nueva realidad en la que estamos ya todos sumergidos, una realidad híbrida de virtualidad son, irónicamente, las condiciones donde esa lógica de producción linear en función del deber, que ha regido nuestra conciencia colectiva, está siendo radicalmente subvertida por una estética de creatividad y goce, cuya lógica es asociativa y racionalmente aleatoria, pasional y sinuosa que funciona a partir del interés, la afición, la atención y curiosidad espontánea. Así, sin pensarlo, estamos liberándonos (o siendo liberados inconscientemente por nuestras propias creaciones), de ese ídolo de la modernidad –el progreso, la productividad, la eficiencia– que nos ha llevado indudablemente por caminos de triunfo, pero también nos ha hecho sufrir profundas derrotas, algunas insalvables, en lo que se refiere al alma humana. Y lo que se viene con las nuevas generaciones, es como una ola con la que, en su relación simbiótica con la tecnología, los nativos digitales arrasarán eventualmente a los pocos que quedemos de la vieja guardia escribal, trayendo otro sentido a nuestras acciones, otras interrogantes y otros fines. Cambios profundos en nuestra forma de vida. Ese cambio es inevitable e inminente. Siempre recuerdo lo que dice Giorgio Agamben, que no se trata de evitar la catástrofe, sino de aprender a vivir en ella. Y entonces pienso que lo que nos falta para dar bien el paso, conscientes de lo que estamos por enfrentar, es fe en lo aun no claro, en la opacidad de las cosas, en lo diferente, en lo que es otro a lo que conocemos, y también en nuestra capacidad de percibir tras esa opacidad o quizás que esa capacidad de ver no es sino la capacidad de actuar, haciéndose, en el proceso hacia su transformación. John Keats, el poeta romántico le llamaba a lo que necesitábamos desarrollar, la capacidad negativa de “permanecer frente a las incertidumbres, misterios, dudas, sin ninguna irritable búsqueda de hechos y razones” En parte, la conciencia de ese paso empieza a darse cada vez que nos percatamos de la necesidad inconsciente y la reacción mecánica que tenemos de llenar cada momento con algo, y la compulsion (y la posibilidad cada vez más conspicua) de estar haciéndolo habitualmente ya, mediante las nuevas posibilidades tecnológicas que pululan y nos impiden sistemáticamente el espacio para que pueda ocurrir la inclinación y el deseo, la afición espontánea, la pista de la curiosidad que hace del conocer otra aventura y que podría fundar una cultura más amplia de la que conocemos aun. El mundo virtual es una nueva frontera que requiere de una nueva conciencia. Debemos permitirnos el ocio suficiente para que nuestros deseos más cercanos, aquellos que nos revelan lo aun opaco de nuestro ser, tengan la oportunidad de hablarnos, de mostrarnos un camino que, a pesar de ser diferente, podría ser tan (y hasta más) beneficioso para nosotros como el que hemos andado en nuestra cultura por mas de dos mil años.

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