Sobre la necesidad de una filosofía pop

mosca

Escribir un libro de filosofía que no esté dirigido a filósofos, es decir un libro de filosofía que pretenda serle no solo accesible sino interesante y pertinente al individuo inteligente y pensante es asumir un grave riesgo en nuestra época. La sabiduría que es el objeto del filósofo, (su objeto erotico, para ser exactos con la etimología de la palabra “filosofía”),  no tiene ya casi ningún valor en el mercado mundial (y claro, nunca lo tuvo ni lo quiso, según los filósofos que ganaron la contienda inicial entre los sofistas y los platonistas). Esto es así suponiendo que se tenga idea de lo que significa la sabiduría o el conocimiento filosófico,  lo cual desafortunadamente no es el caso la mayor parte del tiempo. Y es que se tiende cada vez más a confundir el saber con la información hasta que la diferencia se hace invisible. Es quizás por esta confusión que el lenguaje del filósofo parece ser innecesariamente complicado, un ejercicio narcisista y exhibicionista que en el mejor de los casos alimenta o entretiene a una tribu extraña de seres humanos, y en el peor es simplemente una pérdida de tiempo. Y el filósofo, claro acerca de su vocación no hace sino mirar desde arriba al vulgo, y a despreciar su falta de sutileza y su sordera, confiando en que el tiempo y la historia mostrarán al final su profunda sabiduría y la torpeza de los demás. Quien ríe último, parecería pensar el filósofo autista, ríe mejor.

Quizás por esa confusión generalizada –para la cual este hermetismo o incapacidad del filósofo de construir puentes con la vida ordinaria y de empezar a hablarle a la persona culta  no ayuda (pero tampoco el hecho de que cada vez haya menos gente culta, y menos gente sensible a otro tipo de cultura que la que determinan las prioridades del mercado económico mundial)—es que las librerías están pobladas de libros de filosofía incomprensibles al hombre ordinario con posibles inclinaciones filosóficas o libros superficiales que buscan enseñarnos manera practicas vivir de una manera “funcional” y “exitosa”, y a pensar, si necesitamos pensar, tal como ellos recomiendan. Hay libros de filosofía especializados, dirigidos al académico que se encuentra ya demasiado encerrado en su propio discurso como para darse cuenta de su distanciamiento del vulgo, como para preocuparse de la distancia abismal que lo ha alejado y hecho irrelevante a los gravísimos problemas que vive la cultura. Y si no son estos libros especializados entonces se encuentran libros que pretenden ofrecer sabiduría y resultan ser frivolos manuales de auto ayuda que mal servicio le hacen a  la filosofía.

Ludwig Wittgenstein, uno de los grandes filósofos de nuestra época, decía que la labor del filósofo consistía en mostrarle a la mosca la salida de la botella de cazamoscas en la que se encontraba atrapada,  y se refería al parecer principalmente al filósofo mismo quien vive en su propia botella de conceptos, separado del mundo por un vidrio a través del cual ve pero no participa de la vida.  Yo nunca he visto una botella cazamoscas, pero puedo bien imaginarme lo que es estar encerrado en una botella. Y pienso que esa sensación la conozco no sólo por haberme pasado la mayor parte de mi vida adulta metido en mis ideas, efectivamente como esa mosca, encerrado en una botella. Quién sabe qué extraña necesidad será la que me haya impulsado a esta forma de vida. Quizás la de la evasión efectiva de la vida, la de encontrar en mis conceptos una coraza protectora transparente a mi inteligencia,  o tal vez la necesidad de escaparme de ella a través de la repetición constante hasta que de pronto, como un relámpago, se me ilumine la cabeza y vea por donde escapar.

(Al escribir estas palabras me percato de mis dos postales favoritas frente a mi: Maria Callas quien dice que “deberiamos considerar todo lo que uno hace como una repetición”, como diciendo que en la vida estamos siempre repitiendo los mismos pasos para aprender nuestra única lección, para conocer de qué se trata nuestra vida, pienso. Pero entonces el filósofo hace lo que todo el mundo hace, sólo que es su instrumento lo que cambia.

La segunda postal es de Dostoievski que confiesa tener un solo proyecto: volverse loco. Eso me hace preguntarme si no se trata verdaderamente en la vida de encontrarse en/con su propia locura; repetir y repetir hasta que la propia locura se nos haga transparente, como la única forma de escapar de la botella cazamoscas en la que nos encontramos.)

Pero bueno, vuelvo a esa mosca de Wittgenstein. Y es que conozco esa sensación que él imagina a través de su aprisionamiento  porque es el aire que respiramos en nuestra cultura toda. Cuando estoy viendo televisión y cambiando los canales, viviendo por cinco minutos a la vez una vivencia lejana porque no exige ningún compromiso, y cercana porque me es completamente íntima. O cuando me escucho en las reuniones sociales, y escucho a los demas hablar sin realmente escuchar al otro; vivimos en  una cultura cada vez más autista, en que cada vez nos escuchamos menos los unos a otros, donde la conversación con el otro se reduce cada vez más a los slogans, a los cliches o al intercambio de información mercantil.

Ya hace más de doscientos años el filósofo danés Søren Kierkegaard observaba que su época se había encerrado en el pensamiento conceptual y se había olvidado tanto de lo que era vivir en el mundo, de la existencia decía él, como de lo que significaba la interioridad. Creo que esa descripción es aun más dramáticamente apropiada para nuestra época, que ha continuado –cuando no multiplicado geométricamente– nuestro olvido, tanto de lo que significa vivir como de lo que significa tener una vida interior. Ya no tenemos idea de lo que puede querer decir vivir la vida a no ser que sea planificarla o controlarla, ni tampoco sabemos en absoluto de que podría consistir tener una interioridad si no de poseer un catálogo de ideas y opiniones privadas y personales acerca de todo.

Vivimos, en otras palabras, en una cultura superficial y frívola que ha olvidado el significado de la verdadera comunicación, que se muere de miedo de ella y solo la soporta cuando la convierte en espectáculo. Sólo tenemos que presenciar la proliferación sintomática de los “reality shows”, donde la “interioridad” humana se exhibe con la misma sordidez y con la misma frialdad con la que antes se exhibían en circos itinerantes a los freaks de la naturaleza, los siameses, los enanos, las mujeres barbudas, o los gigantes…(lo cual nos dice algo acerca de la incurable estupidez y superficialidad que nos aquejan). Son muchos los síntomas del empobrecimiento de nuestra conciencia cultural los que presenciamos por doquier en este mundo globalizado, del que además se supone que debemos estar muy orgullosos.

Pero entonces en esta situación qué lugar puede tener la filosofía? Antes que nada me parece que debe reconocer su aislamiento, y reconocerlo públicamente. No como una condición de la cual jactarse o sentirse superior, sino como una carencia o limitación para superar la cual el primer paso, como en toda condición patológica, es necesario reconocer. Y reconocerla públicamente. (Por eso me parece que nombrar el blog de filosofía de la PUCP “El Talón de Aquiles”, es tan acertado, pues es una manera de decirlo como a sotto voce, que es generalmente: lo más públicamente posible). Y entonces quizás en ese hablar, en ese intento por describir su situación logre un primer paso en el camino que Wittgenstein le propone al filósofo, de liberar a la mosca de su cautiverio.

Advertisements

Leave a Reply

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out / Change )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out / Change )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out / Change )

Google+ photo

You are commenting using your Google+ account. Log Out / Change )

Connecting to %s