MATAR AL HIJO

father and son blueHoy en el parque presencié un a escena típica de esa necesidad tan común del padre de querer hacer del hijo su propia imagen y semejanza….Este padre le había comprado todo el “outfit” al hijo –un chico de no más de seis o siete años–, para que aprendiese a ser, aparentemente, un crack del fútbol. Botines, rodilleras, una pelota de reglamento, hasta un casco me parece haberle visto puesto al chico. Pero era obvio que él no lo estaba disfrutando. No tenía ganas de ponérselo, mucho menos de aprender a patear la pelota “para arriba!”, como quería el papá, donde lo esperaba como faro de vigilancia. Lo tenía sitiado al chico, marcado como las paredes de la celda de una prisión en la que aprendía a patear la pelota, una y otra vez hasta que lo hiciese “bien”.Sufrí por el chico, que trataba, a pesar de no quererlo, de placar la voluntad del padre. Pero el padre, cada vez más frustrado, lo presionaba peor, casi lo envolvía físicamente en su irritación. El niño cada vez más infeliz se empezaba a rehusar, con determinación ya, a pesar del miedo que obviamente el padre enfurecido le producía…Antes de darse cuenta de que ir al parque con su padre podía significar tantas otras cosas más interesantes para su hijo que aprender a patear la pelota del fútbol que tanto le gusta a él, este papá terminó iracundo, llevándose a su hijo, jalándolo de los brazos, arrastrándolo del parque a pesar de su resistencia, tanto física como verbal: llorando, chillando y resistiéndose con toda su fuerza y persistencia; este niño, cuyo único pecado había sido ir a jugar al parque. La furia del padre era ciega y continuó arrastrándolo al pobre chiquito hasta fuera del parque, ya lejos de donde pudiese seguir (o querer seguir) escuchándolos.Patética es la forma cómo impedimos la vitalidad del otro por imponer la nuestra. Nuestra época está predicada en eso. Pero más: qué fuerte es esa inclinación con el propio hijo.

Una vez de adolescente leí en <<El Profeta>>, de Kahlil Gibran, algo que me impresionó. Fue como esas verdades que nunca hemos pensado que pueden atravesarnos como un rayo en medio de la oscuridad. Hablándole a los padres, el profeta les explicaba que sus hijos no eran en realidad nunca suyos. Que tenían que saber eso y aprender a actuar de manera acorde, para cumplir con su única responsabilidad de padre, que es permitir que la vida de su hijo crezca por donde le toca crecer.

Pero eso que parece tan evidente es sin embargo muy alejado de lo que pensamos e incluso como actuamos en nuestra sociedad. En todo caso, aun pensamos que los hijos son nuestra propiedad y nuestro el derecho de educarlos “como mejor nos parezca” (que no es –en momentos en el parque como el que presencié, por ejemplo– sino frecuentemente “lo que nos venga en gana”).

El padre quiere siempre que su hijo sea como él, o que lo haga tan bien como él, o incluso mejor que él; pero, en todo caso, quiere que la vida de su hijo sea sobre lo mismo que la suya ha sido. Si es el fútbol para él, lo será también para el hijo. Y así sucesivamente, repetidamente, universalmente. E incluso si eso significa: a costa de él.

Eso es lo que vi esta tarde y me hizo pensar que bien haríamos en educar a los padres, a quienes me parece que es necesario educar incluso más urgentemente que a los hijos, si queremos que nuestra sociedad salga de su oscurantismo y sigamos perpetuando en nuestros hijos nuestras propias cegueras.

Y se me ocurre también que tal vez la mejor manera de hacerlo sea a través de sus hijos. Es en sus hijos que podremos cambiar lo ya aprendido.

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