ANIMAL HUMANO: Pensar en los animales en el siglo xxi

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Pensar en los animales en función de la capacidad de sentir dolor en lugar de poder pensar –un desarrollo que se ha realizado en el pensamiento filosófico y en la conciencia popular acerca del animal en nuestro siglo- obviamente nos hace más sensibles a la necesidad de una conciencia ética en cómo tratar a los animales (y eventualmente si –o cómo– comérnoslos). Esta pregunta se hace cada vez más urgente a medida que crece la conciencia colectiva acerca de nuestra inconciencia ética en ciertas de nuestras prácticas y creencias sociales. Como en su tiempo (no tan lejano al nuestro) lo fue la esclavitud de otros seres humanos, hoy la pregunta acerca de nuestro tratamiento de los animales, y en general del planeta, empieza a ganar cada vez más terreno. Derrida dice que la batalla que se libra en nuestro tiempo es la de la piedad por sobre la del poder y la propiedad y piensa que la pregunta por el animal es central a ella. Yo estoy completamente de acuerdo.

Pero me parece que si nos concentramos en el criterio del sufrimiento como decisivo en la pregunta por los animales, entonces surgen líneas de pensamiento tontas que no deberían ni siquiera iniciarse. Por ejemplo, la pregunta que le hace el famoso biólogo defensor del evolucionismo, Richard Dawkins a Peter Singer, célebre filósofo pionero del siglo XX en la reflexión sobre el animal y la defensa de los derechos animales, de si no deberíamos dejar de comernos a, digamos, las lechugas porque ….como las plantas sienten

Preguntas a las que les siguen  las igualmente inanes respuestas justificatorias en torno a “la diferencia cuantitativa” de dolor, que siendo ya éticamente sordas para empezar, nos llevan a decidir dónde trazar la línea entre lo que estamos justificados o no en comer, en función de las razones pragmáticas y generalmente amorales de nuestra época; razones, en otras palabras, que son indiferentes al fondo ético de la vida.

El intelecto puede realmente confundirnos con sus preguntas cuando el sentido común hace tiempo nos debería haber hecho soltar la pita de su desubicada porfía. Pero es verdad que seguimos en la era de la ciencia y la tecnología, donde el pensamiento científico se idolatra y donde los recovecos racionales de esos argumentos nos fascinan más que la necesidad de realmente ver y sentir lo que vivimos. Le hemos perdido la fe al sentido común, nos hemos hecho deliberadamente sordos a su voz, por un mal hábito y una estrechez de juicio causados y fortalecidos por el régimen hegemónico al que nos ha sometido nuestra idolatría moderna de la ciencia y el conocimiento científico, cuyos criterios hemos entronizado como definitorios de la existencia.

El punto de partida de esta discusión sobre los animales está equivocado. Tratar de decidir si los animales tienen derechos en función de criterios que para nosotros son importantes –como lo han sido el pensar, en toda la modernidad, o sufrir, en nuestra época– supone ya de entrada una actitud antropocéntrica, que solo se propone puede ver las cosas desde la postura humana. Y esta actitud es, en principio, ciega a los criterios que, más allá de nosotros, justifican la existencia de las cosas en el mundo. Pero es claro que ese ¨más allá de nosotros” es lo realmente problemático para una era nihilista como la nuestra. Nuestra era se ha inoculado contra todo lo que implique el reconocimiento de lo otro y la diferencia, y reacciona contra ello con la estúpida insistencia en la validación por lo Mismo y con la sospecha, el escepticismo y eventualmente el odio a lo singular y a la Diferencia. Pero es justamente en el reconocimiento y el respeto de lo singular y la diferencia que comienzan la hospitalidad y la reverencia, que es donde se encuentra aquello que antes se llamaba la religión.

El antropocentrismo es, efectivamente, la raíz de todas nuestras cegueras y de nuestra capacidad inaudita de crueldad hacia el otro, sea este otro humano o otro animal o la tierra misma; es la explicación de nuestra insensibilidad con el mundo. Pero tal vez haya cierto consuelo cósmico, aunque no nos libre ello de nuestra responsabilidad humana frente al hecho que si pudiésemos comunicarnos con la mosca, como se lo imagina Nietzsche, nos enteraríamos de que “también ella cruza el aire con el mismo pathos y se siente el centro volante del Universo”.

Es posible que sea una inclinación inextricable de la misma naturaleza la que se muestra en nuestras persistentes cegueras y nos plantea, así, nuestras eternas tareas.

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