Uno mismo

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Hablando del sueño en el que vivimos en nuestra cultura, el otro día comentábamos con una amiga esa admonición tan típica de nuestros padres: “no te puedes engañar a tí mismo”, y la interpretábamos como queriendo decir: me podrás mentir a mí, pero nunca dejarás de saber lo que quisiste, “en realidad”, hacer o decir.

De niño mi madre me dice, por ejemplo: “podrás mentirme a mí, pero en tu conciencia sabes la verdad.”  Muy rápido estamos entrenados a aceptar la convicción incuestionada que queda implícita en esa admonición: que hay una verdad. Y además, que uno mismo la conoce mejor que nadie.  Pero el psicoanálisis nos ha enseñado en los últimos cien años, a sospechar que detrás de todas nuestras acciones y palabras siempre hay razones más profundas, motivaciones más oscuras que aquellas que constituyen nuestra conciencia.

“Uno mismo” es el yo que se ha formado de la boca de nuestros padres, y está sometido a su espectro, omnipresente, como conciencia. Lo que tu sabes de tí está teñido por lo que Freud llamaba el super-ego, que no es sino la voz interiorizada de la autoridad.  “No te puedes engañar a ti mismo” es entonces como la forma mimética y consuetudinaria, instintiva casi, en que los padres refuerzan la visión que nos ha inculcado la cultura.

El problema es que ese uno mismo del que nos hablan nuestros padres, esa conciencia a la que apelaban  se sostiene solo en la consecuencia, en la creencia en la unica verdad, en la supuesta claridad de la existencia. Nunca hay una sola verdad acerca de las cuestiones de la existencia humana, excepto quizás en el ansia tan humana por una sola verdad. Todo es irreductiblemente multiple y auto generativo, recurrente ad infinitum. Todo fluye en el tiempo, que nunca se detiene y a todo lo cambia. Lo que en este momento fue verdad, el siguiente momento –por los cambios que han ocurrido en ese transcurso, de toda índole y grado– ya no es lo mismo. Todo cambia, y todo cambia iridiscentemente. Simultáneamente y alternativamente más brillante y más opaco que el momento siguiente; más o menos consecuente con lo que fue; impredecible en lo que se convertirá. La inconsecuencia, como dice Heidegger, “es parte de la esencia de la finitud del hombre.”[1]

“No puedes engañarte” significa que hay algo en ti que es permanente, que está anclado a una sola ancla, cuando en realidad somos centípodos, adhiriéndonos a lo que encontramos de sostén para avanzar con el vertiginoso vendaval del tiempo. No podemos esperar que sea posible permanecer lo mismo si estamos vivos.  Por eso no siempre somos nosotros capaces de saber cuál es la verdad detrás de nuestras palabras y nuestras acciones. Quizás porque en el fondo somos creaturas del tiempo, criaturas líquidas que aun no saben vivir como son, sino que permanentemente se resisten a la inconsecuencia de sus palabras y acciones.

“No creas que no te puedes engañar a ti mismo.” Eso es lo que deberíamos decirle a nuestros hijos, pues en esta época en que nuestro antiguo paradigma está desmoronándose, se hace necesario aprender a conocer esa inconsecuencia; y en la catástrofe que ello implica, ponernos en la disposición –en sí lo más importante– de aceptar en el futuro, como lo pone otra vez Heidegger,  ya sea “la aparición del dios o […] su ausencia en el ocaso.”


[1] Heidegger está hablando aquí del lenguaje y su inconsecuencia, en una reflexión parentética durante su discusión sobre la diferencia entre conducta animal y comportamiento del hombre, en Los conceptos fundamentales de la metafísica, §58, p. 290)

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2 thoughts on “Uno mismo

  1. Victor,
    comentaré este post en tres párrafos, dentro de los cuales se encuentran “notas al pie” (un número entre corchetes) que se encuentran al final del comentario, y que son más como preguntas que me gustaría que luego de leer este comentario me puedas responder. Muy buen post, por cierto. Saludos.

    Empiezo a comentar:

    Lo que mí me gusta del post es que en el fondo critica aquella pretensión de que hay una única verdad (“me podrás mentir a mí, pero en tu consciencia queda la verdad”) que — en caso de existir — sería conocida mejor por cada uno de los “uno mismo” a partir del reconocimiento de aquellas razones[1] — más oscuras que las de la conciencia — que permitirían explicar las acciones y palabras[2] de cada “uno mismo”.

    La referencia a Heidegger hablando de la inconsecuencia como una parte de la esencia de la finitud del hombre me parece interesante[3]. Revisaré ese texto. Además — creo — toda la consideración heideggeriana sobre la conciencia del tiempo y a partir de eso, de la finitud humana, de lo cual podría desprenderse la contingencia de la verdad, reivindicaría pues, en efecto, la idea que estamos siempre — en este “vertiginoso vendaval de tiempo” — tratando de adherirnos a lo que sea que encontremos como sostén durante un determinado período. Por ende, nunca somos “el mismo”. Con lo cual, podríamos estar constantemente engañándonos. De hecho los estamos. Aunque aquí, quizá por mi primera formación en filosofía griega antigua, mi pregunta sería: ¿y dónde queda, o como re-entender la frase délfica γνῶθι σεαυτόν o “conócete a ti mismo”?

    Pero en fin, igual encuentro curioso que este post me deje pensando mucho acerca del peso que tuvo durante prácticamente toda la modernidad la llamada “metafísica de la presencia”, como si algo quedase presente en este flujo eterno. Lo que queda presente en todos y cada uno de los tiempos particulares, en todo caso, es el flujo mismo: con lo cual, creo, no se invalida la pretensión metafísica en absoluto, pero sí la pretensión de hacerla a partir del reconocimiento de la presencia, como si únicamente hubiera una única presencia, de corte teórico o racionalista, sobre la cual tejer todo el resto del saber, desestimando incluso con esto la corporalidad, la sensibilidad, y la afectividad imprimida a cada uno de los signos con los que, en última instancia, se ha construido el lenguaje.

    NOTAS:
    [1] Aquí cuando hablas de “razones”, ¿se implica que éstas pueden ser explicitadas en un discurso? ¿No serían éstas “razones” más bien parte de “lo indecible”, es decir accesibles por vía de la intuición más pura y e-vid-ente, y en ese sentido, “sinrazones” o “no-razones” o “co-razones”?]
    [2] Aquí nuevamente, ¿sería entonces lo indecible el fundamento de lo expresable por medio del lenguaje?
    [3] Aunque aquí Heidegger se está refiriendo a la inconsecuencia del lenguaje, pero dado que (hasta donde entiendo) para Heidegger (como para Wittgenstein, creo) el lenguaje es lo que constituye el mundo (Welt) que permite al Dasein estar-en-el-mundo (In-der-Welt-sein), ¿esta inconsecuencia entendida como “parte de la esencia de la finitud del hombre” serían uno de los que Heidegger llama “existenciales” del Dasein?

    1. patrick, recien llego a tu respuesta a mi blog. Debo decirte que ando asombrado por todo lo que haces. Y veo que te haces el tiempo para muchas cosas, además de darte el trabajo, como te lo das en esta respuesta, de ir siempre al fondo.

      Tu comentario a este post daría (da) para una conversación larga, que creo que nos llevaría a los fundamentos de nuestras visiones filosòficas (o por lo menos de la mía). Pero respondo a una de las interrogantes que planteas, especìficamente acerca de lo que quedaría del significado del “conócete aì mismo” délfico. Pienso que nada alteraría ese imperativo, lo que variaría sería lo que esperamos de ese conocimiento de sí mismo. Ya no significaría, por lo tanto, una bùsqueda por la esencia de quien uno es, sino, por el contrario, por lo que uno hace, por cómo lo hace, por el por qué lo hace, o el qué contexto de cada decisión o actitud o incluso sentimiento. Es decir, implicaría conocerse a uno mismo concebido como un proceso, inacabado siempre, lleno de opacidades siempre por resolverse, un develarse y ocultarse al ritmo del latido del tiempo. El mito de un yo idéntico, que permanece a través de tiempo, se desvanecería como una más de las falsas expectativas de la metafísica de la presencia.

      Y en cuanto a la metafísica, algo sobre lo que me he quedado pensando en estas ùltima horas, por la importancia que parece tener para ustedes decidir esa pregunta, pienso en las palabras de Kant sobre el destino trágico de la razón, que como una loca porfiada siempre está haciendo preguntas que “por su propia naturaleza” no podrá jamás contestar.

      En todo caso aquí, en una concepción de la realidad como proceso, la metafísica solo sería como una hoja de ruta que vamos preparando para cada viaje, una especie de topografía del alma nómade, y el filósofo como bien lo pone Deleuze, un cartógrado. Ahí, dicho sea de paso, se inaugura una racionalidad, y por lo tanto un nuevo sentido de “razones”, al que efectivamente apelaba yo en mi post, que se refieren a una cierta norma, pero una norma que se traslada más allá de la racionalidad, o más bien que la transforma en la fluidez de lo contingente).

      Agamben en esta cita me parece decir lo que el mismo Wittgenstein en el Tractatus querìa decir acerca de la metafísica. Basta recordar que lo que ha logrado supuestamente el TLP es trazar los límites del lenguaje significativo, más allá de cuyos límites quedan pues la metafísica, la religión, la estética y todo lo que tenga que ver con el valor. Es decir, al ámbito de lo indecible:

      “La experiencia decisiva, de la que se dice que es tan difícil explicarla par quien la haya vivido, no es ni siquiera una experiencia. No es más que el punto en el que rozamos los límites del lenguaje. Mas lo que en ese momento rozamos no es, obviamente, una cosa, tan nueva y tremenda que, para describirla, nos faltan las palabras: es más bien materia, en el sentido en que se dice “materia de Bretaña” o “entrar en materia” o incluso “indice por materias”. Aquel que toca, en este sentido, su materia, encuentra simplemente las palabras necesarias. Donde acaba el lenguaje empieza, no lo indecible, sino la materia de la palabra. Quien nunca ha alcanzado, como en un sueño, esta lignaria sustancia de la lengua, a la que los antiguos llamaban “selva”, es, aunque calle, prisionero de las representaciones.

      Es como para aquellos que han vuelto a la vida tras una muerte aparente: en realidad no están muertos (de otro modo no hubiesen vuelto) ni se han liberado de la necesidad de tener que morir un dia; sin embargo, se han liberado de la representación de la muerte. Por ello, al ser interrogados acerca de lo que les ha pasado, no tienen nada que decir sobre la muerte, pero encuentran materia para muchos cuentos y para muchas bellas fábulas sobre sus vidas.” (Idea de la prosa)

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