La devaluación de la palabra*

Hace unos años recuerdo haber escrito un artículo en el diario de la universidad donde hacía mi posgrado, en el que yo protestaba una campaña de concientización contra el abuso sexual en la vida social de las mujeres en nuestro campus.  Pero el slogan que hizo suyo la campaña: “Cuando una mujer dice que ‘no’, quiere decir que NO”, se me hacía un tanto perverso. “ ‘No’ quiere decir NO” convertía al lenguaje en algo muy chato y perdía de vista la necesidad de aprender a escuchar a las palabras más allá de su mero sentido literal.   Por el propósito eficaz de que los jóvenes dejasen de abusar sexualmente de sus parejas, se ignoraba una importante dimensión de la existencia humana, que hace necesario aprender a lidiar con la ambigüedad, la ambivalencia, incluso del juego erótico de las palabras. Era preferible convertir a los jóvenes en autómatas correctos, que arriesgarse a la barbarie.

Recuerdo que mi artículo desató muchas críticas acusándome de insensible, chauvinista o en todo caso de filósofo iluso. Aunque ahora reconozco que ese no era el mejor lugar para abogar por una mayor conciencia de la complejidad humana, el problema se ha extendido tan alarmantemente que se hace cada vez más urgente librar esa batalla y, ahora, en todas las áreas de nuestras vidas.

Pareciera ser que en nuestra cultura actual, tan pragmática, tan apurada y tan poco profunda, el único aspecto del lenguaje que reconocemos ya es aquel que sólo se usa para transmitir información: “Son dos soles, señor”, “Ese hombre está deprimido”, “Hoy es lunes”, “Quiero el divorcio”, “Se va a desmayar”.  Con esas palabras describimos el mundo y lo convertimos en información que le entregamos al otro.  De hecho, ese es el aspecto más importante del lenguaje para nuestro vivir diario.  No es por nada que Walter Benjamin, el visionario filósofo del siglo pasado, lo llamaba un “lenguaje burgués”, apuntando así no solo a su eficiencia y su pragmatismo, sino también a su estrechez y pobreza, que lo hacen incapaz de darnos más que la más superficial verdad: la verdad de la representación y de la imagen. Esa pareciera ser la única verdad de las palabras que hoy abundan.

Pero la verdad que comunican las palabras no es solo lo que nos informan; más profundamente ellas son expresión de quien las habla. Hoy en día nos hemos hecho ciegos y sordos a ese hecho. Las palabras no son jugadas de futbol que un crack puede realizar con genialidad independientemente de su temple moral. Nadie  objetaría el juego de Maradona por sus lacras morales; pero no son lo mismo las palabras de un narcotraficante o un político corrupto, por ejemplo, que las de una persona de comprobada integridad moral, aun cuando tengan menos “rating”. Y es que cuando hablamos, lo que cuenta no es convertir goles ni tampoco simplemente dar información, sino hablar palabras íntegras y veraces, que no solo informan sino que expresan nuestros valores y tienen el poder de formar o deformar, instruir o corromper. Que nos sea dificil entender esa profundidad del lenguaje o escuchar la diferencia, es simplemente un síntoma de la alarmante devaluación por la que pasa la palabra, y nuestra conciencia, en estos tiempos.

* publicado en El Comercio, lunes 28 de septiembre del 2012

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