La labor de nuestro tiempo

La conciencia colectiva de nuestra época se aferra a la gran fantasía cartesiana de que todo es accesible a la razón, que la razón todopoderosa es capaz de dominar al mundo y transformarlo en su ideal de perfección. Esta fantasía persiste entre nosotros con las credenciales de legitimidad que le ha otorgado el ego cogitans. Pero basta mirar a nuestro alrededor para comprobar que ese ideal es falso, que el ídolo tiene pies de barro, y que esa fantasía empieza a desintegrarse bajo la presión interna de fuerzas cuyas fuentes se hallan más allá del yo pensante y consciente y que escapan a su comprensión. EL mundo se resiste a las reducciones simples y calculadras de la razón y la naturaleza humana muestra vetas de oscuridad, impermeables al entendimiento racional.

Así presenciamos en nuestro tiempo reacciones subterráneas que se rebelan ante la superficialidad de nuestras sociedades, en contra de las palabras divorciadas de a realidad pretenden articular, y de sus estructuras inertes y sordas a necesidades internas más elementales. Nuestros sistemas sociales son cuestionados convulsivamente, los vaores más seguros se fragmentan, las convicciones más sólidas se desmoronan diariamente. Las maravillosas urbes modernas con sus deslumbrantes avances tecnológicos se convierten poco a poco, día a día, en infiernos de concreto, en cárceles auto-impuestas, donde prima la violencia, la incomprensión y la locura.

El mundo que hemos creado es eficiente, cómodo y abundante; pero también plástico, superficial, desprovisto de alma.En nuestra obsesión con este ideal de la razón que todo lo explica y todo lo puede manipular y controlar, le negamos realidad a todo aquello que no es reductible a sus categorías, o delimitable dentro del ámbito de nuestro yo consciente. Y así nos encontramos en un mundo literal, uni-dimensional, rígido, y virginal, donde no hay lugar para las exigencias y necesidades verdaderas de nuestra vida, donde nos volvemos todos ciegos a nuestra propia realidad.

Tal vez va llegando la hora de abandonar esa fantasía y de re-examinar la soberanía que le ha sido otorgada al yo egoico. Quizá sea tiempo de aceptar que la vida se nos presenta con oscuridades y contradiciones irreductibles, con profundidades daimónicas que no podemos, ni debemos, tratar de exorcisar. Quizás sea tiempo de que veamos que nuestra mentalidad triunfalista, literalista y generalizadora  no puede abarcar la realidad, y que solo puede falsificarla en un auto-engaño que est´acabando por hacernos extraños a nosotros mismos. Es quizás necesario recnocer que el control racional de la vida no es mñas que una ilusoria posibilidad; que el progreso y la felicidad son ideales vacíos si niegan las limitaciones reales de nuestra condición; que las leyes y categorías de la razón deben hincarse ante una lógica que las excede y que surge de lo mas profundo de nuestro ser.

No es el ego sino el vivir lo que debe primar. Y la vida en sí es inagotable; las contradicciones y paradojas…su sustancia pura. Habrá, entonces, que  abrir nuevos espacios, desarrollar un nuevo lenguaje, una conciencia de lo mítico que penetre nuestra vida, preñándola de su sentido primordial. En lugar de literalizar y tratar de entender nuestras vivencias, habrá que aprender a verlas como imágenes que nos devuelven la ambigüedad, la bipolaridad, la paradoja, sirviendo de ocasiones de reflexión; presencias reales de un contacto profundo de interioridad, donde al alma se hace, y el hombre se descubre: monstruo portentoso y pleno de realidad.

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