EL BAILE EN PUNTAS DE LA RAZÓN

Se anda por los mismos caminos del pensamiento que antes. Solo que parecen sembrados de rosas.

Benjamin publica en 1932 Haschisch, un pequeño texto en el que explora el estado mental –las ideas y percepciones– que produce el uso de esa droga. Me  parece que este texto e incluso el proyecto mismo de explorar estos estados alterados de conciencia al que se dedicó Benjamin en esa época, es verdaderamente crucial para entender la concepción de una filosofía venidera que éste proponía. No sorprende por lo tanto que le escribiera a Scholem subrayando que era “un libro sumamente importante”.

Aunque sus anotaciones suenen como los registros de un diario científico, en realidad son más una subversión de la mirada científica que rompe con las restricciones de un pensamiento racionalista. Sus registros nos hacen inmediatamente testigos del tipo de conciencia que tendríamos que desarrollar en un mundo vivido y pensado realmente como atravesado de tiempo.

La experiencia que describe es una en la que el momento presente lo es todo, y en la que lo que se vive se vive como insertado plenamente en el flujo del tiempo. Esta es una de las observaciones que ingresó en sus protocolos de sesiones de experimentación con el haschisch:

“Al reír siente uno cómo le crecen pequeñas alas. La risa y el aleteo son parientes. Se tiene la sensación de lo distinguido entre otras cosas porque se le antoja a uno no estar en el fondo entregándose a nada con hondura; estar moviendose siempre, por hondo que se penetre, en un umbral. Especie de baile en puntas de la razón.” (Haschisch, p. 48)

Me encanta esa imagen final de la razón bailando en puntas; me parece muy exacta, porque la experiencia que está describiendo Benjamin aquí obviamente depende más de intuiciones y sensaciones que propiamente de ideas por lo que la razón debe aprender a pensar efectivamente siempre “en el umbral”, en permanente transición, bailando en puntas, sin la posibilidad de entregarse con hondura a nada porque se está siempre en movimiento.

Uno piensa aquí en la importancia del juego en la concepción de este nuevo pensamiento, y también en el vacío de sentido que puede producir en una mente moderna la idea de una actividad sin rumbo predeterminado, o en la sensación de inutilidad y por lo tanto de insignificancia que causa. (Contra esa tendencia o hábito me parece que Benjamin  nos enseña a resistirnos a través de los ejercicios que son sus textos.)

Y cuando trato de pensar en lo que sería esa experiencia de aprender a pensar en el tiempo, atravesados por el flujo del devenir, solo tengo que pensar en el tren de vida que nosotros experimentamos de maneras tan extremas todos los días en nuestra actual cultura. Nuestra conciencia se encuentra permanentemente abrumada por la producción incesante y creciente de aparatos electrónicos que siguen exigiéndonos y saturando nuestros sentidos cada vez de maneras más exquisitas, invadiendo  nuestro tiempo y transformándolo a nivel práctico (en nuestro manejo y valoración de él)  y a nivel fenomenológico (en cómo lo sentimos y experimentamos).

Douglas Coupland (en su exquisito libro Marshall McLuhan: You Know Nothing of my Work! ) se refiere a este cambio en nuestra relación con el tiempo como un “timesickness”, causado por “toda esta información que ha dañado abierta y osmóticamente  o quizás inadvertidamente un sentido colectivo del tiempo que funcionaba muy bien desde la Revolución Industrial y la emergencia de la clase media.” (Coupland, p. 8 )

Con las nuevas formas de interacción virtual, se empiezan a dejar atrás las maneras tradicionales que teníamos en el siglo XX de estructurar nuestros días y ubicar nuestro sentido de comunidad. Pero, como también lo advierte Coupland, la gente ahora tiene sus más profundas reflexiones y sus más vitales experiencias en todo momento del día y con gente alrededor del mundo. (Pensemos en las redes sociales y todas las diversas actividades que ocurren ahí todo el día).

Nuestro tiempo actual, contemporáneo, es cada vez más evidentemente un tiempo en flujo, vivido en flujo. La experiencia que tenemos del tiempo arrastra consigo a la del  espacio también de tal modo que nos empezamos a convertir en “perpetuos nómadas, vagando sobre un territorio en perpetuo cambio, viviendo día a día, esperando todo y nada” (Coupland, p. 9)

La experiencia que describe Benjamin en sus exploraciones del haschisch cuestiona el lugar privilegiado que le hemos dado tradicionalmente en nuestra cultura occidental a la identidad por sobre el cambio, a lo inmutable sobre lo mutable, a la eternidad sobre el devenir. A la mente sobre el cuerpo. En particular, en el párrafo que cité arriba, cuando detecta la relación entre la risa y el aleteo y la reconoce como una afinidad familiar (“son parientes”, dice), lo hace no por algun proceso lógico o racional de semejanza, sino a través de una  asociación hecha en el momento mismo y desde las profundidades de la propia intuición, probablemente desde los ámbitos secretos de la percepción suprasensible de la que habla en “Doctrina de la Semejanza” y “Sobre la facultad mimética”. Asociación, dicho sea de paso, que invoca necesariamente a una lógica arcaica (de proceso primario, como lo llamaría Freud). Esto se hace evidente en el caso que describe Benjamin de haber visto, bajo la influencia de la droga, que sus amigos de pronto se transforman ante él pero “no hasta hacerse extraños, ni tampoco a seguir siendo familiares, sino algo así como a parecerse a extraños”  (Haschisch, p. 49), por ejemplo.

Al darle importancia a la experiencia de embriaguez que describe en función de las drogas, Benjamin cuestiona la identidad por sobre el cambio;  o al apelar a la asociación imaginativa y a la intuición por sobre la lógica racional; o incluso al introducir en su descripción del espacio consideraciones “subjetivas”, Benjamin está avanzando hacia la articulación de un nuevo paradigma, en el cual el proceso es más importante que el fin, la mutabilidad y la diferencia más que la inmutabilidad y la semejanza. Está avanzando, en otras palabras hacia un paradigma cuyo más grande logro será el poder pensar consecuentemente en la temporalidad.

Lo que esto quiere decir para Benjamin es: aprender a ver, haciendo. La forma cómo escribe es inseparable de su contenido. Pero esta es una intuición o, digamos mejor, una exigencia de la época. Una exigencia además, que McLuhan sintetizó al acuñar su famosa frase: “el medio es el mensaje.”

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