MANUAL DEL HEDONISTA POBRE, 2


I.

Acabo de ver por segunda vez una película que me ha conmovido profundamente. No solo es un cuento exquisitamente contado con los recursos incomparables del cine para hacer públicas y colectivas experiencias que antes de su invención permanecían en su mayor parte privadas. La película es Elsa y Fred, que nos cuenta la historia de amor entre un hombre y una mujer ambos ya en sus ochentas. En el deleite de su narración, nos hace reflexionar acerca de la vejez y acerca de nuestras actitudes hacia ella; sobre el difícil proceso de la ancianidad en el seno de la familia y desde la experiencia personal. Pero además nos hace reevaluar la relación entre la fantasía y la realidad, entre la razón y el sentimiento y pensar otra vez  sobre la locura y el amor y la muerte. Logra  colocar a la imaginación misma y su capacidad de enriquecer la realidad en el centro mismo de su reflexión, para forjar en el espectador (o por lo menos en este espectador)  una conciencia más lúcida de la plenitud de la vida.  Reímos mucho en esta película, y también lloramos, pero en todo momento nos va dejando lecciones invalorables.

Los protagonistas son  la soberbia actriz uruguaya, China Zorrilla, y el gran actor español Manuel Alexandre –fallecido hace recién dos días (se me hacen estas palabras por ellos mismo como un homenaje sincronístico de su genio). A dos días de la muerte de uno de sus protagonistas hay escenas en esta película que tienen el poder de lo profético, que nos hacen pensar en el vínculo misterioso de la imaginación y la realidad, que a veces se confunden y así logran  echarnos una luz tan clara que nos hacen conscientes, como por primera vez, de lo que está siempre frente a nuestros ojos.  Estos dos artistas logran hacernos vivenciar  la profundidad tan compleja de la vida del anciano, sobre todo en nuestra sociedad tan insensible ya a los frutos de la experiencia.

No pretendo hacer una reseña de esta película más allá de lo que he dicho.  Lo que sí quiero es volver al  tema del hedonismo, ya tratado antes en este Blog  (https://synchronicity23.wordpress.com/2010/01/04/manual-del-hedonista-pobre/) y que esta película permite enfocar de una manera que compensa la actitud  empresarial y utilitaria que pareciera regir nuestras vidas en esta época.

II.

A principios de ese año, escribí un post que tuvo una recepción inesperada para mí y que me hizo perder un poco ese pudor que nos impide a veces decirnos a nosotros mismos las cosas que necesitamos decirnos. Lo empecé a escribir al volver al Perú, luego de media vida fuera, cuando me encontré viviendo en una precariedad personal, como no había conocido desde mis años de estudiante.  De ahi el título que le dí al texto, a modo de irónica catarsis de las dificultades que pasaba y más que nada de la nostalgia por lo que ahora se me hace mi “vida de pachá” (como la llamaba un amigo limeño que me vino a visitar en esos años) en Venezuela: “El manual del hedonista pobre”.

Pero debo decir que me interesa no el hedonista en general sino el hedonista pobre, es decir aquella persona que se encuentra luchando por vivir de acuerdo a estándares que la realidad se niega a otorgarle o, en el mejor de los casos,  pareciera otorgarle pero solo “por gotas”. Para esa persona esta batalla puede convertirse en la razón de su ser.  Ya lo he dicho antes,  nadie lo caracteriza mejor que Oscar Wilde cuando se describe a sí mismo, con aparente regocijo y orgullo, como alguien que  siempre ha vivido más allá de sus medios.  Blanche Du Bois, de la pluma del gran Tennessee Williams en Un tranvía llamado deseo lleva la misma actitud existencial, más allá de lo meramente material, a lo psíquico o emocional al confesar que ella siempre ha dependido de la generosidad de extraños.  Dos frases que nos dan una imagen de  este complejo del hedonista pobre.

Elsa, en Elsa y Fred, me ha dado una nueva imagen del hedonismo que estoy pregonando aquí y me ha hecho pensar que la pobreza de mi hedonista es una cualidad constitucional de su destino, que es en realidad la precariedad misma de la existencia del hombre que en Elsa y Fred se personifica en el fantasma de la vejez.

De lo que se trata este hedonismo entonces es de aquella actitud hacia la vida que considera la vitalidad como rector de vida, es decir que valora la plenitud de la experiencia como su más alto premio,  y por lo tanto valora la dimensión estética de las cosas en todos los aspectos de su vida. Pero el hedonista la valora ya no como un mero adorno sino como algo imprescindible y esencial para su florecimiento, para poder lograr ser quien se sabe o se siente que es.

Los griegos hablarían de la presencia de Afrodita en esa actitud,  que necesita de la belleza (la comodidad, el buen gusto, la sofisticación y sensibilidad, el eros), siempre y en todo lo que lo rodea. El hedonista pobre es un devoto de Afrodita arrojado al mundo en sus carencias. (Algo de esto hay en el chisme que corría por el Olimpo, que Afrodita era la única diosa que pasaba tanto tiempo entre los mortales…. Y también creo escuchar sus ecos en aquella magnífica frase de Rilke: “La belleza es el principio del terror”).

Pienso que en este “Manual del hedonista pobre”, que aspiro algun día terminar,  algo se tiene que decir acerca de la depresión pues pareciera ser más bien la ausencia de Afrodita en nuestra conciencia colectiva lo que puede ser la causa detrás de la depresión en nuestra época. Aparte de ser la confesión de una vocación,  debe ser al mismo tiempo un manual de sobrevivencia.

(Es cierto que no es claro si es la ausencia de Afrodita la que causa la depresión o si la depresión es la que causa la ausencia de Afrodita. ¿Es lo bueno bueno porque Dios lo quiere,  o lo quiere porque es bueno? ¿Qué viene antes, el huevo o la gallina?  Preguntas clásicas de la mente humana que nos hablan de los callejones sin salida a la que a veces nos puede llevar el intelecto desconectado de la emoción, cuya logica es mucho mas sinuosa y misteriosa.)

Habrá que distinguir, sin embargo, entre la imagen de Afrodita, conectada, como lo estoy diciendo, con un impulso vital de consumación y fruto, de la imagen como la concebimos y que prolifera en nuestro mundo virtual, global e interconectado que no es sino un divertimento. Pues aunque parecería que Afrodita reina aquí, pensarlo sería como confundir la estatua que esculpe el pobre Pigmalión con la diosa Afrodita que es alimento de su técnica.

La vida regida por Afrodita se opone radicalmente al pensamiento pragmático, que es capaz de sacrificar la calidad de las cosas por su eficiencia, por su practicidad; que desconoce el orden de las cosas por una igualdad que aplana y desvaloriza la complejidad de lo real, con su alma. Para el pragmático, hacer las cosas es valioso por lo que se obtiene, como un trofeo;  el proceso mismo es más bien una especie de obstáculo que es menester siempre salvar, y mientras más pronto mejor. Para éste es importante que lo haga, mientras que para la actitud de Afrodita es más importante siempre como lo haga.  McLuhan expresa esa misma intuición en su famoso y enigmático slogan: “el medio es el mensaje”.

El hedonista piensa y actúa no pragmática sino (cómo decirlo?) aristocráticamente (?);  por eso es que el hedonista pobre puede considerarse una de esas contradicciones de la existencia del hombre con las que el destino al parecer mucho se divierte. Es en esa misma dirección que escribía en ese post anterior que “si entendemos como hedonista pobre a aquel a quien su propio temperamento lo coloca en una posición de precariedad, entonces podríamos decir que a éste le toca ese destino precisamente para que preserve para la humanidad la importancia de los valores de la sensualidad vital y proteja a la experiencia sensible de los excesos e inconciencias a las que nos lleva el éxito que permite disfrutarla sin limitaciones.”

El hedonista pobre es aquel cuya actitud hacia la vida, incluso en sus momentos más críticos, nunca es la del pragmático; siempre se rebela y se resiste a las circunstancias pobres que lo rodean. Mientras no lo abata la depresión, mientras Afrodita no lo abandone, convertirá su pobreza en una ocasión para encontrar la belleza de cada cosa, aun en medio de la oscuridad. A pesar de las circunstancias que vulneran sus necesidades y deseos estéticos y aristocráticos, el hedonista pobre siempre lucha.  Ser “buen pobre” para él no es un logro sino una abdicación; es más, el logro tanto como la eficiencia del pragmático y el empresario son virtudes sociales que desprecia porque abdican, desde su perspectiva, a la esencia de lo que es el ser humano, subestima completamente su potencial.

Tambien se podría decir, creo que con el juicio de la mayoría,   que el hedonista pobre es un iluso, un buscador de quimeras, un amante de lo imposible. Incluso se podría decir que hay ahí algo titánico, en el sentido negativo de los griegos, de un exceso vital,  pues el hedonista pobre desconoce límites, porque se imagina omnipotente y está convencido de que mágicamente todo cederá ante su deseo y su voluntad. Y todo esto también podría ser cierto. Pero lo que sí es seguro, y esto es lo que esta película me ha hecho pensar, es que detrás de su aparente superficialidad el hedonista pobre articula una forma de vida que hace de la plenitud vivencial su más alto logro.

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One thought on “MANUAL DEL HEDONISTA POBRE, 2

  1. Querido VJK! se me vienen varias cosas a la cabeza luego de leer tu texto. Por un lado, tengo una duda, o pregunta: según la forma en que trazas la figura del “hedonista pobre”, ¿me equivoco si concluyo que de alguna manera este encarna lo más esencial del hedonismo? Lo pregunto porque: 1. me parece que tu caracterización del hedonista pobre no tiene nada que ver con tener o no tener dinero (aunque una primera mirada pueda concluir esto), sino con un modo de ser en el mundo 2. Y, según entiendo, este modo de ser se define por la aspiración a reconectarse con lo vital (Afrodita según dices), lo que, creo, sería propio del hedonista en general. 3. Afirmas que “la pobreza de mi hedonista es una cualidad constitucional de su destino”, ¿esta pobreza no es la marca de todo hedonista, es decir, de todo aquel que persigue engancharse con la vida en todas sus dimensiones expresivas? No sé si soy lo bastante claro… justamente, son preguntas.

    Por otro lado, me parece que detrás de la idea de que el hedonista pobre “aspira a” hay una concepción del deseo desde la negatividad: como falta. No confundo placer y deseo, pero, precisamente por ello, veo en la aspiración a Afrodita del hedonista pobre la marca de una carencia, de una falta, de un deseo que pesigue su realización como modo de alcanzar el placer (en el sentido noble, aristocrático). Esta concepción va de Platón a Lacan, es verdad; pero tal vez podríamos re-pensar al hedonista pobre desde una visión del deseo desde la positivida: como producción. Acá podemos pensar en Spinoza, Nietzsche o Deleuze y Guattari. ¿Cómo sería un hedonista pobre que no “aspira a” Afrodita sino que “produce” afroditas? Tal vez esta sea una manera de liberarlo de ese titanismo del que hablas, y enseñarle a gozar de, y desde, su finitud. No lo sé, hay que pensarlo.

    Finalmente, tu texto me hace pensar en una idea que me viene dando vueltas en la cabeza hace unos días (en realidad desde siempre, pero ahora toma más forma). Creo que vamos por caminos similares. Ando pensando en el lugar de la “erótica” en la filosofía; en realidad, en el lugar que ocupa en la actividad humana dadora de sentido y valor (un poco en jerga fenomenológica). Mi campo problemático es: ¿no es la erótica quien funda la ontología? así como Levinas hace depender la ontología de la ética, yo pienso que más profundamente está la erótica. Sería, en términos clásicos, filosofía primera. Todo esto me viene a partir de las ideas de Freud en “Duelo y melancolía”, de Alberto Moravia en “El tedio” o, una vez más, de Deleuze y Guattari en el “Anti-Edipo”. Mi idea base es que el individuo “carga” la realidad eróticamente (SF: investimentos libidinales, AM: relaciones con la realidad, GDyFG: agencimianetos maquínicos de deseo); y que esta erotización es la condición de posibilidad de la constitución, aprehensión, cognición, acción, valoración, etc., del/en el mundo (condición de posibilidad entendida como lo trascendental en términos kantianos, la diferencia está en que lo trascendental kantiano es “trascendente”, está fuera de la experiencia y la configura; lo trascendental-erótico es “inmanente”, configura la experiencia desde sí misma). Sin el “impulso erotizador”, el mundo simplemente no existe con sentido para nosotros; y existir fuera del sentidos es no existir. Pienso acá en tu referencia a la depresión: esta, no tanto como patología psíquica, categorizada dentro de los manuales psquiátricos, sino más bien como marca existencial o como proceso vital, muestra justamente, la muerte de Eros (¿de Afrodita?) en el individuo; por tanto, la muerte del mundo.

    Hay mucho que pensar en tu texto. Lo de la separación con la actitud pragmática por ejemplo. Lo haremos en vivo, seguro pronto.

    Abrazo, Alejandro.

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