Manual del hedonista pobre…

Hace algunos años, cuando volví al Perú luego de una larga estancia en el extranjero, y aun en shock por los estragos que había causado en mis finanzas la decisión de dejar Venezuela luego de casi una década de apacible existencia, por motivos puramente ideológicos y completamente imprácticos, empecé a escribir un texto que llamé “Manual del hedonista pobre”. En él desahogaba mi frustración por encontrar que en el Perú (en gran contraste con lo que había sido mi vida de filósofo en el Shangri-La que era Caracas) todos mis gustos estaban por encima de mis recursos; al mismo tiempo creo que necesitaba también articular la importancia que le veía yo a la satisfacción de esos gustos como forma imprescindible de cultivar el alma.

Recuerdo que empecé a observar que había en la idiosincracia peruana una propensidad a la pobreza y por ende a la continua privación de sus deseos –un tendencia que, pienso aun, sería productivo reflexionar, sobre todo en relación a la forja de nuestro carácter nacional. (“Sufre peruano, sufre” dice una canción popular muy conocida y sintomática de nuestra condición). Tal vez porque a medida que iba adentrándome en esa materia un poco densa e ingrata, la cosa se hizo menos hedonista y más laboriosa (razón harto comun detrás de tantos proyectos inconclusos), el manual quedó esperando el día futuro en el que me llamasen otra vez las musas y lo lograse acabar.

Pues bien, leyendo el otro día sobre lo que Alejandro León le gusta llamar “filosofìa-pop” — y específicamente sobre este tema del hedonismo ( http://filosofapop.wordpress.com/2009/12/23/el-hedonismo-o-el-placer-de-existir/#comment-6) –, recordé ese manual, y sentí otra vez las ganas de completarlo. Y es que la palabra “hedonismo” es una palabra “maldita”, es decir una de esas palabras (como “romántico”, “sofista”, etc.), que han adquirido una mala reputación debido a los chismes injustificados y sesgados de nuestra tradición, y cuya recuperación para mí es una especie de imperativo moral, especialmente en nuestra época en que tendemos muy fácilmente a identificarlo con las frivolidades del consumismo y la sociedad del espectáculo.

Recogí del blog de Alejandro un párrafo de una entrevista a Michel Onfray en el que este filósofo francés distingue entre el hedonismo vulgar y el hedonismo que dice “filosófico”. Así lo introduce:

“Se cree que el hedonista es aquel que hace el elogio de la propiedad, de la riqueza, del tener, que es un consumidor. Eso es un hedonismo vulgar que propicia la sociedad. Yo propongo un hedonismo filosófico que es en gran medida lo contrario, del ser en vez del tener, que no pasa por el dinero, pero sí por una modificación del comportamiento. Lograr una presencia real en el mundo, y disfrutar jubilosamente de la existencia: oler mejor, gustar, escuchar mejor, no estar enojado con el cuerpo y considerar las pasiones y pulsiones como amigos y no como adversarios.” (http://bibliotecaesceptica.wordpress.com/2009/03/15/hedonismo-no-es-consumir-entrevista-a-onfray/)

Me impactó ese párrafo y he querido rápidamente señalar tres ideas para rumiarlas un poco aquí:

La primera es la identificación vulgar, que critica Onfray, del hedonista con el exitoso gozador frívolo y ostentoso, que lo único que busca es mostrar lo que tiene, ufanarse de sus logros para alimentar la mirada aduladora del otro. (Rousseau ya había diagnosticado la esclavitud bajo el yugo del “qué dirán” que la sociedad moderna imponía al individuo por su búsqueda de la propiedad y el poder). Pero lo interesante es que esa identificación delata un no tan solapado prejuicio contra lo sensible , que pareciera basarse en un falso supuesto –tácito pero omnipresente– de que todo lo que tiene que ver con el cuerpo, con la sensualidad y los sentidos, es y debe ser vano, frivolo, superficial. (Ese puritanismo lo cargamos todos en nuestra sangre, y cabe agregar: a costa, y frecuentemente en gran perjuicio, de nuestro temperamente latino)

Contra ese prejuicio uno puede afirmar, como lo quiere hacer Onfray, que hay cosas del cuerpo que son mucho más profundas y significativas que lo que supone esa concepción del hedonismo y de lo que pretende la demanda puritana detrás de la condena del hedonismo como actitud vital. Que el cuerpo es sabio de una manera que nos resistimos a reconocer es algo de lo que debemos recordarnos continuamente.

(Quizás lo negamos por la oscuridad natural del sentimiento, aun cuando esta misma oscuridad sea en realidad el único origen de cualquier luz capaz de alumbrar nuestra conciencia. Kierkegaard decía que la verdad solo es tal en tanto que haya sido trabajada internamente en nuestro sentimiento y asimilada a través de los procesos vitales de nuestro cuerpo…y ello implica la aceptación de la pasión como medio de cambio y transformación)

El hedonismo no sería otra cosa, entonces, desde esta visión más amplia, que la búsqueda en el cuerpo de una mayor conciencia de la existencia.

La segunda idea es aquella que asoma Onfray cuando nos habla de la necesidad de “no estar enojados con el cuerpo”. Ahí nos está advirtiendo que detrás de esa actitud condescendiente contra el goce de los sentidos se esconde algún resentimiento cultural contra el cuerpo. Como si en nuestra cultura hubiésemos alimentado ese resentimiento al punto de desterrar a nuestra corporalidad de todo aquello que consideramos importante para nuestra más alta existencia. López Pedraza decía que Dioniso era el dios más reprimido de la historia occidental, queriendo decir con eso que nuestra cultura se ha empeñado tradicionalmente en marginar, ignorar, olvidar a lo emocional, relegándolo en nuestra época moderna a lo “meramente subjetivo”. En parte es comprensible esa tendencia, pues Dioniso y la emoción nos traen el cambio, el sufrimiento y la muerte. La conciencia de nuestra fragilidad y de la mortalidad nos petrifica. De ahí la obsesión por las cirugías plásticas y la compulsiva búsqueda de entretenimiento que definen a nuestra actual cultura. Pero contra nuestra hybris titánica es necesaria esa conciencia.

La última idea que quiero tocar es aquella que dice que este hedonismo filosófico tiene que ver “con ser en vez de tener”. Be all that you can be decía el slogan de los Marines. Y claro, la atracción de ese oficio no está en lo que nos ofrece tener sino en lo que nos ofrece llegar a ser. Eso me recuerda que al escribir el manual del hedonista pobre hace unos años, había reflexionado acerca de la paradoja siguiente: El verdadero hedonista está dedicado a ser, no a tener.Por eso nunca logra amasar fortuna, ni acumular propiedades y por lo tanto siempre encuentra que sus gustos sobrepasan sus medios. (Oscar Wilde hizo una virtud de esa paradoja cuando afirmaba “I have always lived beyond my means”). Y lo que se me ocurrió entonces es que podría haber una sabiduría o una justicia natural en esa paradoja:

“si entendemos como hedonista pobre a aquel a quien su propio temperamento lo coloca en una posición de precariedad, entonces podríamos decir que a éste le toca ese destino precisamente para que preserve para la humanidad la importancia de los valores de la sensualidad vital y proteja a la experiencia sensible de los excesos e inconciencias a las que nos lleva el éxito que permite disfrutarla sin limitaciones. La Torre de Babel advierte sobre la lògica de esa tendencia.”

El manual para el hedonista pobre pretendía ser entonces tan solo un recordatorio de la vocación y de la responsabilidad, y en cierta medida una descripción de los peligros y riesgos de la labor, del verdadero hedonista. Porque de lo que se trata el hedonismo entendido de esta manera, es de superar la mera apariencia para lograr, en palabras de Onfray, “una presencia real en el mundo y disfrutar jubilosamente de la existencia.”

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