No me canso de observar que vivimos en una época de transición, de muchas maneras análoga al Renacimiento. Estamos tan convulsionados ahora como lo estuvieron entonces, desencajados por desarrollos en nuestra cultura que requieren de un cambio cualitativo, un salto cuántico en la forma como pensamos, percibimos y nos comprendemos a nosotros mismos y a nuestra época.

Esta época requiere, antes que nada, una nueva forma de relacionarnos con las cosas, de aprehenderlas, de comprender sus sentidos. Una nueva forma de pensar que, como cualquier otro cambio evolutivo, vendrá y está ya viniendo por sí solo. Lo que a nosotros nos toca, ahora como en toda nuestra historia, es tomar conciencia de ese cambio que está ocurriendo ya,  para potenciarlo de las maneras que la conciencia potencia lo que integra en sí  y para profundizar más nuestra propia existencia con dimensiones nuevas de sentido y vivencia, tanto a nivel individual como a nivel colectivo.

Esa nueva forma de pensar empiezan a intuirla y empiezan a tematizarla muchos pensadores de avanzada desde fines del siglo XIX. Pienso que Kierkegaard fue uno de los primeros que se anticipó a ella. A partir de su diagnóstico de nuestra sociedad como  perdida a la importancia de la existencia intenta desarrollar una forma de escritura cuyo propósito es exigirle al lector una relación y un compromiso más personales y experienciales que los que permite la lectura meramente teórica.  Wittgenstein es otro, al privilegiar en sus textos las multiples miradas sobre lo mismo, y la escritura por fragmentos.   Marshall McLuhan es otro más, por cierto. Profeta de la era de la virtualidad, quien ha marcado pautas para comprender cómo los nuevos medios están transformando nuestra conciencia, nuestra cultura, nuestra forma de vida contemporánea.

Otro pensador que cada vez adquiere más importancia por la pertinencia de sus reflexiones para nuestro tiempo es Walter Benjamin, quien  privilegia otros modos de saber y experimentar que los del intelecto y la experiencia empírica y abre una fuente de conciencia que apela más a la intuición, a la imaginación, al sentimiento como formas de saber.

En esa misma línea se encuentra Aby Warburg (http://es.wikipedia.org/wiki/Aby_Warburg), fundador a principios del siglo pasado del famoso Instituto Warburg (http://es.wikipedia.org/wiki/Instituto_Warburg) . Igual que Benjamin, y probablemente por la misma intuición de la emergencia (si no necesidad) de una forma de pensar diferente, se interesó por las relaciones entre el pensamiento mágico y el pensamiento racional y los exploró a través del estudio de las imagenes.

Recientemente se realizó en el Museo Reina Sofía de Madrid, una exposición de arte curada por el director del Intituto, el filósofo e historiador de arte, Georges Didi-Huberman, bajo el título Atlas, en la que se  hace una demostración práctica, visual, de lo que significa esa nueva forma de pensar que Warburg exploraba.

De lo que se trata en esta muestra –tanto como, agregaría yo, en nuestra cultura actual– es de comenzar a entender lo que es la imagen,  empezar a percibir  lo que Didi-Huberman llama, “el vínculo secreto” entre las cosas que devela cada nuevo montaje de imágenes y que nos permite  ver siempre nuevas constelaciones de sentido.

En la percepción de imágenes se abren modos de comprensión y se revelan relaciones de sentido que desbordan lo racional y transforman nuestra realidad (nuestra relación con el tiempo y el espacio, la relacion entre privado y público, por ejemplo) dándole sentidos multívocos, de los que surgen nuevas maneras de entender nuestra propia contemporaneidad.

Si para la convulsión del Renacimiento fue necesario un paradigma como el cartesiano, que nos enseñó a mirar el mundo a través de la mente analítica y a relacionarnos con él principamente a través del concepto y la lógica, en nuestro renacimiento del siglo XXI será necesario también un nuevo paradigma y un nuevo método, que nos enseñe a mirar más bien a través de la imagen, la intuición y la empatía y que cultive en nosotros la capacidad de percepción sintética, visceral, quisiera decir: que nos enseñe a pensar desde el cuerpo. Eso es lo que subyace a las intuiciones de estos pensadores. Es también  lo que se impone como una necesidad de nuestra época.