Category: anima mundi


Los pobladores de Huayllapa, en Cajatambo, se han negado a la instalación de una mina de tajo abierto en las faldas del Raju Collota. Pese a que desde el 2002 este Apu ostenta el título de área natural protegida, “el poderoso grupo económico que pretende explotar el yacimiento logró convencer a los políticos y burócratas de turno para insistir en su proyecto depredador” http://www.larepublica.pe/02-04-2011/el-diablo-mudo-pide-auxilio

Detrás de este conflicto yace, en mi opinión, el más grave problema del Perú: el enfrentamiento de dos visiones opuestas de país.

La pregunta ahora es más pertinente que nunca: ¿A quién elegimos para aliviarlo? (Cuál elección profundizaría el conflicto y cuál lo aliviaría?)

Una de las cosas que más me sorprende siempre (aunque al parecer es también lo más natural) es la forma cómo la gente se fanatiza con los partidos o con los candidatos antes que por las ideas cuando nos toca elegir a nuestros presidentes. Y quizás conectado con eso está el que se piense típicamente en función del propio gruposocio-cultural, en la odiosa “cgu”, en lugar de en función del país como colectividad social.

Pero hay momentos en que se hace necesario dejar nuestros propios intereses, nuestras preferencias, nuestras proyecciones a un lado, en que se hace imprescindible poder mirar las cosas más allá del partido o de la identificación personal con el candidato, para pensar en el bien de todo el país. Y no me refiero a calcular estadísticamente para “no perder el voto”, que solo quiere decir:  intentar, por todos los medios, lograr aquel resultado que favorezca a nuestra secta o a nuestro candidato.

Votar por PPK sería activar un factor polarizante, que no solo acrecentaría la amenaza humalista de la que nos salvó Alan la última vez (pero esta vez esa amenaza se potenciaría como un latigazo visceral frente a un candidato tan empresarial, tan status quo), sino que al final terminaría quebrándonos por donde aun estamos frágiles:  en ese sentimiento de desigualdad que aun invade (y con razón) a gran parte de nuestra población. Sentimiento, además, que ha sido causa de nuestras peores heridas colectivas recientes, que  podrían recrudecer por una situación como la que estamos considerando.

Por eso es que yo votaré por Toledo, aunque comparto algunos de los reparos de muchos de mis amigos ppkarakeros, me parece que aparte de saber hacer una gestión decorosa, él mismo como símbolo del país que sería de presidente electo, Alejandro Toledo de alguna manera satisface la necesidad que siente una gran parte de nuestro pueblo de ser de alguna manera representado. (No es de sorprender que a muchos de mis amigos ppkkistas les disguste la sola idea de que pueda simbolizarnos alguien que encarna tantos de los defectos que aborrecemos. La diferencia siempre ha sido una carga.)

Y votaré por Toledo también, por supuesto, porque Humala es un lobo disfrazado de carnero (un mal lobo, además). Al lobo verdadero lo conozco personalmente, de haber vivido en Caracas el comienzo de la pesadilla chavista; y sería una tragedia (que pretendo evitar a toda costa) que cayésemos en sus manos, si al final Humala se enfrentase a PPK.

Y votaré por Toledo porque el sectarismo de los seguidores de Keiko y la ignorancia y la arrogancia de mucha de su gente me enferma, aun antes de siquiera pensar en sus vínculos montesinistas con lo que no habría ya más que pensar.

Y también votaré por Toledo porque Castañeda no me gusta nada, nadita de nada. Esa es siempre una buena señal de que  algo ahí muy profundo no es afín a mis valores. Me recuerda de muchas maneras la incompetencia de George W. Bush, por las innegables semejanzas corporales y gestuales; ambos tan primordiales en su postura, su gesticulación y su pre-grabada articulación. No soportaría tener a una persona gobernándonos que no puede hilar una oración sin decir alguna sandez.

Y votaré finalmente por Toledo porque PPK es, antes que nada, un economista y un hombre de mente empresarial. Y aunque, por supuesto, no hay nada de malo en eso (algunos dirían que en nuestra época serlo, y ser uno bueno como lo es PPK, es esencial), estoy convencido de que por sí solo no es lo que más necesitamos en estos momentos.

Tan y hasta quizás más  grande que el problema de la pobreza en nuestro país es el problema de la discriminación social y racial que, quizás, por ser más imponderable, menos fácilmente medible,  puede pasar desapercibido. Votar por PPK en ese contexto, entregarle el poder a un candidato que pareciera confirmar una vez más esa mentalidad y forma de vida Apartheid que vergonzosamente sigue siendo la nuestra, podría sentirse, por un gran sector, como un golpe bajo capaz de desatar consecuencias lamentables.

Como bien dice el refrán, no solo hay que ser decente sino aparentarlo. ¿Estaré equivocado en pensar que un voto por PPK, aunque fuese un voto decente, pecaría por no aparentarlo? Y en este caso el pecado, por más ilusorio que fuese, podría ser, igual,  mortal.

Aquí les dejo el excelente artículo que motivó esta nota:

http://lamula.pe/2011/03/26/lo-siento-ppk-2/15117

Y para quien le guste las apuestas, aquí un buena reflexión sobre por qué a Humala le encantaría estar en segunda vuelta contra PPK

http://lavozatidebida.lamula.pe/2011/03/26/humala-quiere-a-ppk/

No me canso de observar que vivimos en una época de transición, de muchas maneras análoga al Renacimiento. Estamos tan convulsionados ahora como lo estuvieron entonces, desencajados por desarrollos en nuestra cultura que requieren de un cambio cualitativo, un salto cuántico en la forma como pensamos, percibimos y nos comprendemos a nosotros mismos y a nuestra época.

Esta época requiere, antes que nada, una nueva forma de relacionarnos con las cosas, de aprehenderlas, de comprender sus sentidos. Una nueva forma de pensar que, como cualquier otro cambio evolutivo, vendrá y está ya viniendo por sí solo. Lo que a nosotros nos toca, ahora como en toda nuestra historia, es tomar conciencia de ese cambio que está ocurriendo ya,  para potenciarlo de las maneras que la conciencia potencia lo que integra en sí  y para profundizar más nuestra propia existencia con dimensiones nuevas de sentido y vivencia, tanto a nivel individual como a nivel colectivo.

Esa nueva forma de pensar empiezan a intuirla y empiezan a tematizarla muchos pensadores de avanzada desde fines del siglo XIX. Pienso que Kierkegaard fue uno de los primeros que se anticipó a ella. A partir de su diagnóstico de nuestra sociedad como  perdida a la importancia de la existencia intenta desarrollar una forma de escritura cuyo propósito es exigirle al lector una relación y un compromiso más personales y experienciales que los que permite la lectura meramente teórica.  Wittgenstein es otro, al privilegiar en sus textos las multiples miradas sobre lo mismo, y la escritura por fragmentos.   Marshall McLuhan es otro más, por cierto. Profeta de la era de la virtualidad, quien ha marcado pautas para comprender cómo los nuevos medios están transformando nuestra conciencia, nuestra cultura, nuestra forma de vida contemporánea.

Otro pensador que cada vez adquiere más importancia por la pertinencia de sus reflexiones para nuestro tiempo es Walter Benjamin, quien  privilegia otros modos de saber y experimentar que los del intelecto y la experiencia empírica y abre una fuente de conciencia que apela más a la intuición, a la imaginación, al sentimiento como formas de saber.

En esa misma línea se encuentra Aby Warburg (http://es.wikipedia.org/wiki/Aby_Warburg), fundador a principios del siglo pasado del famoso Instituto Warburg (http://es.wikipedia.org/wiki/Instituto_Warburg) . Igual que Benjamin, y probablemente por la misma intuición de la emergencia (si no necesidad) de una forma de pensar diferente, se interesó por las relaciones entre el pensamiento mágico y el pensamiento racional y los exploró a través del estudio de las imagenes.

Recientemente se realizó en el Museo Reina Sofía de Madrid, una exposición de arte curada por el director del Intituto, el filósofo e historiador de arte, Georges Didi-Huberman, bajo el título Atlas, en la que se  hace una demostración práctica, visual, de lo que significa esa nueva forma de pensar que Warburg exploraba.

De lo que se trata en esta muestra –tanto como, agregaría yo, en nuestra cultura actual– es de comenzar a entender lo que es la imagen,  empezar a percibir  lo que Didi-Huberman llama, “el vínculo secreto” entre las cosas que devela cada nuevo montaje de imágenes y que nos permite  ver siempre nuevas constelaciones de sentido.

En la percepción de imágenes se abren modos de comprensión y se revelan relaciones de sentido que desbordan lo racional y transforman nuestra realidad (nuestra relación con el tiempo y el espacio, la relacion entre privado y público, por ejemplo) dándole sentidos multívocos, de los que surgen nuevas maneras de entender nuestra propia contemporaneidad.

Si para la convulsión del Renacimiento fue necesario un paradigma como el cartesiano, que nos enseñó a mirar el mundo a través de la mente analítica y a relacionarnos con él principamente a través del concepto y la lógica, en nuestro renacimiento del siglo XXI será necesario también un nuevo paradigma y un nuevo método, que nos enseñe a mirar más bien a través de la imagen, la intuición y la empatía y que cultive en nosotros la capacidad de percepción sintética, visceral, quisiera decir: que nos enseñe a pensar desde el cuerpo. Eso es lo que subyace a las intuiciones de estos pensadores. Es también  lo que se impone como una necesidad de nuestra época.

Cuerpo y palabra

¿De donde surge la palabra? ¿Cómo está relacionada la palabra con nuestra corporalidad? Cuándo es que la palabra suena hueca o nos confunde, y cuándo nos resuena y alimenta? Aquí unas líneas a partir de dos filósofos y una reflexión de Cortázar en Rayuela.

En la experiencia que tenemos con el uso fluido de una herramienta (o en cualquier experiencia del cuerpo en que nuestra conciencia y nuestro cuerpo fluyen en una sola frecuencia), estamos frente a un saber mudo pero profundo en la raíz de nuestro ser. Es el mismo saber corporal que está presente en nuestro fácil movimiento en el espacio, por ejemplo, donde diversos niveles de conciencia están al tanto de como movernos, como evitar tropezones, etc. Es un saber responsable, además, de nuestra afinidad y balance con el mundo que nos rodea,  que hace posible nuestra existencia.

Heidegger observa que la conciencia que tenemos de nuestra existencia solo viene a cambio de la ruptura de esa unidad, de un quiebre, como el que sucede, por ejemplo, cuando se malogra la herramienta que estamos usando, pero en general  en cualquier aspecto y ámbito de nuestra existencia cuando de pronto se rompe nuestra inmersión en el mundo.

La súbita conciencia que se produce con el quiebre en la fluidez o armonía natural nos desconecta de ese saber callado que pareciera, sin embargo, estar siempre piloteándonos desde las catacumbas de nuestro ser,  imperceptible a toda conciencia racional, y que da lugar a un evento que, al parecer, solo el hombre conoce: el evento del pensamiento y del lenguaje.

Si los animales experimentan en algún momento ese quiebre, parece ser que no son capaces de avanzar al pensamiento (por lo menos no al pensamiento tal como lo concebimos).  El surgimiento de la conciencia siempre viene acompañado de un ruptura con el suelo natural; el animal nunca lo pierde. Si lo perdiese tendría que hablar. Si hablase tendría que perderlo.

Ahora bien, el pensamiento y el lenguaje que surge de ese quiebre es un arma de doble filo. Como se dice, es una bendición al mismo tiempo que una maldición. Esa desorientación momentánea que viene con el quiebre de la fluidez en nuestra experiencia natural, es decir, al advenimiento de la conciencia, nos ofrece dos posibilidades, ambas abiertas por nuestra capacidad del habla, o:

(1) nuestras palabras son capaces de  reconectarnos y permitir así un nuevo fluir, ahora  ya cargado del saber obtenido del quiebre, el cual  se sedimentará gradualmente en la carne y la sangre misma de uno y se hará patente en cada una de las palabras que uno pronuncie, o

(2) nos extrañará, haciéndonos ignorar primero y luego olvidar ese saber carnal, para articularse en un conocimiento intelectual desconectado de su origen. Y por su misma desconexión no solo nos desorientará, sino que empezará a plantearse preguntas tuertas para las que no habrán sino respuestas tuertas. (Wittgenstein llama a esa lenguaje un lenguaje ocioso,”de vacaciones”, queriendo decir un lenguaje en el que las palabras trabajan en el vacío. Gran parte del lenguaje filosófico, insiste, es de ese tipo).

La dinámica de la que hablamos, de quiebre y conciencia y luego pensamiento y lenguage, es la misma, pienso yo, que en nuestra conciencia Occidental ha causado lo que Heidegger llama un “olvido del Ser”.  Kierkegaard apunta en la misma dirección cuando escribe que tan obsesionados estamos con el conocimiento intelectual, que nos hemos olvidado de la existencia y de la importancia de la subjetividad. (La conciencia ecológica, dicho sea de paso, depende de la superación de ese olvido)

Para que nuestras palabras no nos aparten de la existencia, para que aprendamos a pensar con plena conciencia en lugar de olvidarnos del Ser es necesario, es indispensable,  una vuelta al suelo original. Esa es la labor que le asigna al filósofo Wittgenstein, es decir, la de “reconducir a las palabras de su uso metafísico a su uso cotidiano”.  Reconectar nuestras palabras con la realidad, para que no se vuelvan “metafísicas”, para que no se pierdan en el pomposo y vacío vuelo de la razón desconectada del cuerpo….

El momento filosófico paradigmático sería entonces aquel en el que se libra una lucha contra  la tendencia que tenemos de extrañarnos de lo real y concreto y vivir desde la especulación abstracta y en la fascinación de lo ideal.

(El que nuestra tecnología permita realizar concretamente esos ideales no los hace más reales, antes bien dramatiza la gravedad de la evasión de la existencia que ellos alientan.)

Cierro aquí con una cita de Rayuela, cuyo método  parece responder precisamente a esta concepción de la reflexión filosófica que estoy desarrollando a la luz de Wittgenstein. En la medida en que introduce en su estructura un método de fragmentación y asociacionismo, por ejemplo, podríamos decir que el libro está diseñado para realizar una reflexión eminentemente filosófica en el sentido de ariba, es decir, para  combatir esa mentalidad idealizante mediante la cual nos desconectamos del cuerpo. Y lo que quisiera enfatizar es que en última instancia ese nuevo método  apela sin reparo ni escrúpulo a nuestra experiencia carnal. La coloca como piedra de toque en la constitución de nuestros conceptos y, por lo tanto, en la constitucion de nuestra realidad:

El dolor, empieza Cortázar, es un arma doble: “Todo dolor me hace sentir como nunca el divorcio entre mi yo y mi cuerpo…y a la vez me acerca mi cuerpo, me lo pone como dolor. Lo siento más mío que el placer o la mera cinestesia. Es realmente un lazo.” (Rayuela, 83)

Tenemos en este breve pasaje el comienzo de una argumentación desde una racionalidad eminentemente visceral con el que se puede empezar a forjar nuevos  conceptos de un pensamiento más sintonizado con la experiencia que con su idealización, consciente en otras palabras de nuestra tendencia constante a huir de nuestra realidad.

ANIMA MUNDI

Me ha llegado este video de una mujer que rescató a un león al que tuvo en su casa por varios meses pero luego le tuvo que buscar un lugar donde vivir. Este video es el reencuentro en el zoo donde lo dejó,  luego de varios meses de separación. Una imagen que dice más que un millón de palabras!

instinto colectivo as per Spencer Tunick

El instinto colectivo parece ser esencial para los propósitos de nuestra Era. Ese querer compartir con la gente lo que uno valora —tendencia humana que hace del Twitter o del Facebook, por ejemplo, un éxito— evidencia un impulso innato en el individuo que lo lleva a recolectar lo mejor, lo que más le place, lo bello, lo bueno, lo deseable, y compartirlo con los otros; como si  buscando compañía, espontánea, involutariamente casi, crease sociedad. Emerge así una voluntad común, un ser colectivo que, ahora en la virtualidad, se mueve por coordenadas aun desconocidas.

Con un objetivo innato como hormigas, en el mundo virtual nosotros también llevamos alimento a nuestro hormiguero cada vez que compartimos la información que nos encontramos compartiendo en el ciberespacio y cada vez que sentimos la  necesidad de marcar lo bueno y distinguirlo de lo malo para crear o buscar consenso. Así formamos una conciencia colectiva con una intencionalidad que en lo virtual pareciera seguir similares leyes a las que rigen en la naturaleza misma, cuyos propósitos no son mecánicos sino vitales.

Tenemos en la actividad de la sociedad virtual la evidencia empírica en favor de esa vitalidad intencional de la naturaleza que nos brinda la tecnología de punta, hechos concretos contra los que la ideología mecanicista  que aun define nuestra mentalidad, eventualmente caerá. Pero los tenemos también en los fenómenos naturales y el clima del planeta que está en transformación, como cumpliendo con un ciclo y preparándose para iniciar otro. Y como si esa experiencia virtual colectiva y esta experiencia empírica de un mundo real convulsionado fueran poco, en nuestro tiempo hay también cada vez más imágenes que nos muestran en vivo, nos enseñan casi por experiencia la animación e inteligencia de la naturaleza y nos hacen cuestionar en la creatividad que propicia esta tecnología las fronteras no solo entre lo virtual y lo real sino entre sino entre lo individual y lo colectivo. Y más que eso, creo que todos estos sucesos y fenómenos nos están enseñando también a pensar de manera no lógica, intuitiva, imaginativa. Wittgenstein habla de la visión de aspectos cuando trata de describirla.

Hay un elemento imponderable en nuestra experiencia colectiva de fin de siglo, un elemento que se resiste a la mirada cuantificadora. Aunque es justamente lo imponderable de nuestra experiencia  lo que más importa ahora para poder reconectarnos con esa animación y volver a hacernos capaces de relacionarnos empáticamente con las cosas, es lo que menos somos capaces de ver. Nos hemos acostumbrado, hemos sido entrenados desde nuestra entrada en el mundo a mirar lo cuantificable, lo “científicamente” comprobable.

No vemos aun lo que tenemos que ver más allá del espacio newtoniano que aun respiramos. Pero lo aspiramos y exhalamos, en el mismo aliento con “huecos negros” y “quarks”, su cosmología inerte que nos hace ciegos a la sintonía orgánica de todo, a lo que los renacentistas llamaban el Anima mundi y lo que los movimientos y fenómenos del mundo virtual parecieran apuntar a hacer consciente.

¿Aprenderemos en esta época a ver lo que se nos  ha hecho invisible hasta ahora? Tal vez es un paso en esa dirección empezar a pensar sobre este instinto que observamos tan claramente en la red virtual y empezar también a observar a la www como un gran animal en el que los individuos con sus respectivos avatares van cayéndose como las escamas caen de los ojos cuando uno empieza a ver.

Termino: leí hoy esta línea que me parece pertinente para lo que estoy tratando de decir:  ”History is the story of the ego of a civilization, while myth is the story of the soul.” (La historia es la historia del ego, mientras que el mito es la historia del alma).  Quizás el cambio que se necesite sea en realidad  un simple cambio de lenguaje…. Con el riesgo de teñir las aguas en mi contra, o quizás precisamente por ello, cito a Joseph Campbell otra vez: “Una mitología no es una ideología. No es algo que se proyecta del cerebro, sino algo vivido en el corazón.”

Anima Mundi by Voyen Koreis

Trotando por el Malecón Cisneros y pasando al lado de uno de los columpios y juegos infantiles que la municipalidad de Miraflores ha colocado en varios de sus parques, de pronto sentí ese olor punzante de caucho caliente que tiene el grass artificial. Me repugnó el contraste de esos vapores con el suave olor de mar con el que había estado trotando unos metros antes…

Hace unos meses el alcalde mandó cambiar la arena de los espacios de juego infantil por esa alfombra sintética verde que se usa ahora, por razones prácticas me imagino, pero con la que alguien tiene que estar haciendo también mucho dinero.  Después de todo, hay mucho espacio verde que podemos empezar a “mejorar” con este producto.

Hace tiempo escribí algo protestando en contra de las plantas artificiales que proliferan en los ambientes comerciales y oficinas.  Mi preocupación era por la insensibilidad para con lo natural que produce  la convivencia con estos simulacros, por el trance en que nos pone su falsa apariencia haciéndonos ciegos a la diferencia entre lo vivo y lo inerte.

“Es que ahora los hacen igualiiiitas a las reales”, me decía justificándolas una señora, “ya no son tan burdas como antes”, como si el problema hubiese sido siempre solamente que la estética era aun muy burda, que la apariencia no convencía al ojo discriminante.

Pero el problema para mí va más allá de la estética. No es que las plantas artificiales sean tan obviamente fake, falsas,  que usarlas como si no se notase esa diferencia sea obvia señal de mal gusto o huachafería. Es algo más de fondo que eso; es más, es algo que genera y alimenta a la huachafería: es la incapacidad de distinguir entre algo real y un simulacro, la incapacidad de ver solo la apariencia y no percibir las diferencias más sutiles. Me refiero a la incapacidad de sentir la vibración que distingue la presencia de algo vivo de algo muerto.

Recuerdo lo que me contó una vez una amiga relatándome la muerte de su padre: “de pronto ese cuerpo que estaba ahí ya no tenía la vibración que había sido mi padre. Ya él no estaba ahí.” Los antiguos identificaban en esa vibración al alma que dejaba al cuerpo en la exhalación final. No percibir algo con alma de algo artificial es como perder el sentido de lo vital, perder la capacidad de ver. Y andar por el mundo entumecido como un autómata.

Mi rechazo de lo artificial tenía que ver con ese estado de conciencia en el que inevitablemente nos tiene que sumir un mundo cada vez más artificial, más des-almado como el que van instaurando esos simulacros cuya imagen es tan perfecta, que ya no echamos de menos la vida de la que prescinden. Claro que son más prácticos (no hay que ocuparse de ellos, son objetos), más eficientes, etc., etc.  Pero el costo de esa eficiencia, de esa comodidad es demasiado alto, pues es pernicioso en  los niveles más profundos de nuestra conciencia.

Uno de los descubrimientos más decisivos de la física cuántica es que todo en el universo –objetos y organismos–, está constituido y envuelto en campos electromagnéticos continuamente en interacción, y que dentro de estos campos todo está transmitiéndole a todo lo demás energías propias y recibiendo a su vez las de lo demás.  El mismo principio de interconectividad a todo nivel lo muestra el fascinante experimento de Shweitzer y Emoto sobre el efecto de la música en la estructura del agua (http://www.drbonomi.com/art/cm/agua-consciencia.php), o los recientes experimentos con el efecto de la emoción en el ADN a distancia (http://www.centroser.com/articulos/adnexper.html ).

El ser humano, en particular, está por lo tanto recibiendo influencias de todo tipo en su comercio cotidiano con el mundo. Y en este sentido, hay movimientos que son más beneficiosos y algunos más dañinos que otros.  La emergente preocupación ecológica en nuestra época surge de una inquietud que resulta no solo de la observación de los traumáticos cambios planetarios, sino tal vez también en reacción a la vertiginosa forma en que la mentalidad empresarial, la compulsión comercial y la prepotente homogenización globalizadora están exacerbando nuestra inconciencia.

Pero lo que la física cuántica descubre no es nada nuevo, nada que no sepamos desde siempre, a saber: que estamos conectados y percibimos y somos afectados por todo a muchos niveles, conscientes e inconscientes, algunas veces de maneras traumáticas otras de maneras sutiles y muy graduales de las que solo nos percatamos con el tiempo pero que marcan nuestro desarrollo y transformación constante.  Sabíamos y actuábamos conscientes de esta interconectividad hasta el siglo XVII;  con la llegada de la ciencia de Newton nos olvidamos del Anima mundi que conecta a todos los seres por una sola energía o espíritu. Aprendemos a mirar y a  tratar al mundo como a un objeto inerte, mecánico y causalmente estructurado, y a considerar las relaciones entre las cosas como si fuesen reducibles a lo medible.  (Por eso es que en nuestra época nos cuesta tanto creer que algo es real si no hay un estudio científico que lo corrobore, aunque la evidencia imponderable sea evidente para cualquier razón sana o sentido común).

Ahora no solo nuestra conciencia cultural y los movimientos verdes, sino además la ciencia misma nos están obligando a cambiar esa mirada. Y más importante, nos exigen el cultivo de otra actitud.

Pero volviendo al malecón, ya para terminar: mientras troto ahora al lado de las canchas de fulbito que mantiene la municipalidad en el Malecón de la Marina, completamente inundado por el olor de petróleo que exhudan los pisos sintéticos sobre los que juegan pelota bajo el ardiente sol, me pregunto sobre las decisiones que estamos tomando al escoger la conveniencia práctica de lo artificial sin darle importancia o percatarnos de lo que significan para nuestra forma de ser, para la vida que nos estamos forjando en relación con la naturaleza y la vitalidad del mundo. Estos productos son una industria muy lucrativa, y donde el dinero entra en juego podemos estar seguros que la codicia siempre primará por sobre la conciencia, la estupidez humana por sobre la previsión y la autoconservación.

Quizás hemos estado demasiado tiempo acostumbrados a tratar al mundo como algo inerte como para reconocerles verdadera importancia a nuestros escrúpulos ecológicos… pero me parece necesario empezar a hacerlo antes que perdamos toda una dimensión de nuestra existencia.

Hace algunos años, cuando volví al Perú luego de una larga estancia en el extranjero, y aun en shock por los estragos que había causado en mis finanzas la decisión de dejar Venezuela luego de casi una década de apacible existencia, por motivos puramente ideológicos y completamente imprácticos, empecé a escribir un texto que llamé “Manual del hedonista pobre”. En él desahogaba mi frustración por encontrar que en el Perú (en gran contraste con lo que había sido mi vida de filósofo en el Shangri-La que era Caracas) todos mis gustos estaban por encima de mis recursos; al mismo tiempo creo que necesitaba también articular la importancia que le veía yo a la satisfacción de esos gustos como forma imprescindible de cultivar el alma.

Recuerdo que empecé a observar que había en la idiosincracia peruana una propensidad a la pobreza y por ende a la continua privación de sus deseos –un tendencia que, pienso aun, sería productivo reflexionar, sobre todo en relación a la forja de nuestro carácter nacional. (“Sufre peruano, sufre” dice una canción popular muy conocida y sintomática de nuestra condición). Tal vez porque a medida que iba adentrándome en esa materia un poco densa e ingrata, la cosa se hizo menos hedonista y más laboriosa (razón harto comun detrás de tantos proyectos inconclusos), el manual quedó esperando el día futuro en el que me llamasen otra vez las musas y lo lograse acabar.

Pues bien, leyendo el otro día sobre lo que Alejandro León le gusta llamar “filosofìa-pop” — y específicamente sobre este tema del hedonismo ( http://filosofapop.wordpress.com/2009/12/23/el-hedonismo-o-el-placer-de-existir/#comment-6) –, recordé ese manual, y sentí otra vez las ganas de completarlo. Y es que la palabra “hedonismo” es una palabra “maldita”, es decir una de esas palabras (como “romántico”, “sofista”, etc.), que han adquirido una mala reputación debido a los chismes injustificados y sesgados de nuestra tradición, y cuya recuperación para mí es una especie de imperativo moral, especialmente en nuestra época en que tendemos muy fácilmente a identificarlo con las frivolidades del consumismo y la sociedad del espectáculo.

Recogí del blog de Alejandro un párrafo de una entrevista a Michel Onfray en el que este filósofo francés distingue entre el hedonismo vulgar y el hedonismo que dice “filosófico”. Así lo introduce:

“Se cree que el hedonista es aquel que hace el elogio de la propiedad, de la riqueza, del tener, que es un consumidor. Eso es un hedonismo vulgar que propicia la sociedad. Yo propongo un hedonismo filosófico que es en gran medida lo contrario, del ser en vez del tener, que no pasa por el dinero, pero sí por una modificación del comportamiento. Lograr una presencia real en el mundo, y disfrutar jubilosamente de la existencia: oler mejor, gustar, escuchar mejor, no estar enojado con el cuerpo y considerar las pasiones y pulsiones como amigos y no como adversarios.” (http://bibliotecaesceptica.wordpress.com/2009/03/15/hedonismo-no-es-consumir-entrevista-a-onfray/)

Me impactó ese párrafo y he querido rápidamente señalar tres ideas para rumiarlas un poco aquí:

La primera es la identificación vulgar, que critica Onfray, del hedonista con el exitoso gozador frívolo y ostentoso, que lo único que busca es mostrar lo que tiene, ufanarse de sus logros para alimentar la mirada aduladora del otro. (Rousseau ya había diagnosticado la esclavitud bajo el yugo del “qué dirán” que la sociedad moderna imponía al individuo por su búsqueda de la propiedad y el poder). Pero lo interesante es que esa identificación delata un no tan solapado prejuicio contra lo sensible , que pareciera basarse en un falso supuesto –tácito pero omnipresente– de que todo lo que tiene que ver con el cuerpo, con la sensualidad y los sentidos, es y debe ser vano, frivolo, superficial. (Ese puritanismo lo cargamos todos en nuestra sangre, y cabe agregar: a costa, y frecuentemente en gran perjuicio, de nuestro temperamente latino)

Contra ese prejuicio uno puede afirmar, como lo quiere hacer Onfray, que hay cosas del cuerpo que son mucho más profundas y significativas que lo que supone esa concepción del hedonismo y de lo que pretende la demanda puritana detrás de la condena del hedonismo como actitud vital. Que el cuerpo es sabio de una manera que nos resistimos a reconocer es algo de lo que debemos recordarnos continuamente.

(Quizás lo negamos por la oscuridad natural del sentimiento, aun cuando esta misma oscuridad sea en realidad el único origen de cualquier luz capaz de alumbrar nuestra conciencia. Kierkegaard decía que la verdad solo es tal en tanto que haya sido trabajada internamente en nuestro sentimiento y asimilada a través de los procesos vitales de nuestro cuerpo…y ello implica la aceptación de la pasión como medio de cambio y transformación)

El hedonismo no sería otra cosa, entonces, desde esta visión más amplia, que la búsqueda en el cuerpo de una mayor conciencia de la existencia.

La segunda idea es aquella que asoma Onfray cuando nos habla de la necesidad de “no estar enojados con el cuerpo”. Ahí nos está advirtiendo que detrás de esa actitud condescendiente contra el goce de los sentidos se esconde algún resentimiento cultural contra el cuerpo. Como si en nuestra cultura hubiésemos alimentado ese resentimiento al punto de desterrar a nuestra corporalidad de todo aquello que consideramos importante para nuestra más alta existencia. López Pedraza decía que Dioniso era el dios más reprimido de la historia occidental, queriendo decir con eso que nuestra cultura se ha empeñado tradicionalmente en marginar, ignorar, olvidar a lo emocional, relegándolo en nuestra época moderna a lo “meramente subjetivo”. En parte es comprensible esa tendencia, pues Dioniso y la emoción nos traen el cambio, el sufrimiento y la muerte. La conciencia de nuestra fragilidad y de la mortalidad nos petrifica. De ahí la obsesión por las cirugías plásticas y la compulsiva búsqueda de entretenimiento que definen a nuestra actual cultura. Pero contra nuestra hybris titánica es necesaria esa conciencia.

La última idea que quiero tocar es aquella que dice que este hedonismo filosófico tiene que ver “con ser en vez de tener”. Be all that you can be decía el slogan de los Marines. Y claro, la atracción de ese oficio no está en lo que nos ofrece tener sino en lo que nos ofrece llegar a ser. Eso me recuerda que al escribir el manual del hedonista pobre hace unos años, había reflexionado acerca de la paradoja siguiente: El verdadero hedonista está dedicado a ser, no a tener.Por eso nunca logra amasar fortuna, ni acumular propiedades y por lo tanto siempre encuentra que sus gustos sobrepasan sus medios. (Oscar Wilde hizo una virtud de esa paradoja cuando afirmaba “I have always lived beyond my means”). Y lo que se me ocurrió entonces es que podría haber una sabiduría o una justicia natural en esa paradoja:

“si entendemos como hedonista pobre a aquel a quien su propio temperamento lo coloca en una posición de precariedad, entonces podríamos decir que a éste le toca ese destino precisamente para que preserve para la humanidad la importancia de los valores de la sensualidad vital y proteja a la experiencia sensible de los excesos e inconciencias a las que nos lleva el éxito que permite disfrutarla sin limitaciones. La Torre de Babel advierte sobre la lògica de esa tendencia.”

El manual para el hedonista pobre pretendía ser entonces tan solo un recordatorio de la vocación y de la responsabilidad, y en cierta medida una descripción de los peligros y riesgos de la labor, del verdadero hedonista. Porque de lo que se trata el hedonismo entendido de esta manera, es de superar la mera apariencia para lograr, en palabras de Onfray, “una presencia real en el mundo y disfrutar jubilosamente de la existencia.”

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