Lunes gris en el Perú. La bruma de la división, de los odios y los resentimientos nos nubla la mirada y nos puede llevar a la peor decisión. Hagamos lo necesario para que no sea el comienzo de la misma oscuridad otra vez.
A pesar de lo que pueda parecerle a algunos, no estoy haciendo un comentario fatalista pues no pretendo predecir el futuro sino solo describir el presente y la posibilidad que se está presagiando. No es tampoco un juicio partidario, porque creo que está dirigido a todos los que queremos un país mejor, más justo, más amplio, más generoso; y ese anhelo, lo sé, corta a través de todos los partidos. Es más bien una descripción de cómo percibo el hecho Nacional.
Y es que si el Perú estaba sintiéndose iluminado y lleno de energías positivas hace tan poco, con tantos grandes éxitos en el mundo, esa luz que empezaba a brillar está a punto de ser eclipsada por nuestras propias oscuridades: por nuestra incomprensión del otro, nuestra incapacidad de escucharnos sin discriminar al que es (o piensa) diferente o nuestro deseo de destruirlo. Nuestra resistencia tan visceral al que es Otro es tan grande que nos lleva a ver la diferencia de ideales como una afrenta o, peor aun, como una razón para cometer un crimen.
Ser democrático quiere decir: reconocer al otro como persona siempre más allá de sus creencias, especialmente ahí donde son más distintas de las nuestras. Ser democrático no es fácil; pero lo contrario sí es la ignorancia.
Tanta gente está ahora afirmando con la misma desesperación del escorpión cuando se ve rodeado de fuego, que ahora votarán por Keiko porque “todos los gobiernos son corruptos”. A todos ellos les digo que tengan cuidado que su remedio no vaya a ser como el del escorpión. Si no quieren recordar la diferencia, o si su propia comodidad pesa más que la verdad y por lo tanto no la reconocen, entonces es el momento de reflexionar acerca de lo que el país muestra acerca de la forma cómo hemos estado viviendo y de lo que viviendo así hemos estado incubando.
Es el momento de enfrentarnos valientemente a nuestras propias sombras, no para vencerlas sino para integrarlas. Para hacer de ellas el comienzo de una mayor luz en lugar de una oscuridad.
Pero si de lo único que pueden pensar es de las consecuencias funestas para su propia vida y la reflexión acerca del país no les suena pertinente, entonces estamos ya perdidos. Y si están imaginándose ese futuro espantoso, como si fuese inevitable y no pudiésemos también luchar por transformarlo, entonces también estamos ya perdidos. Pues no seremos capaces de construir un país nunca si lo que preferimos a luchar por él es entregárselo a las manos de un pasado vergonzoso. Nunca podríamos hacer eso si nos quedase aunque sea una pizca de dignidad.
Aquí lo que se libra no es una batalla pragmática o económica o material, sino el futuro del alma de nuestro país, el futuro de nuestros hijos y de sus hjijos.
La única forma en que podremos salir adelante más allá de Humala, es si comenzamos a cultivar las cosas que hemos olvidado como pueblo: el respeto y amor por el otro, la necesidad de escuchar y ayudar al más necesitado porque su necesidad es también la nuestra, y así tantas cosas que tienen que ver con ser verdaderamente justos y democráticos.
Es lamentable que estemos donde estemos. Pero no podemos negar el hecho. No hay nada peor que un pueblo que no sabe escuchar lo que el pueblo mismo le dice. Estos dos meses que tenemos por delante deberian ser un período por el cual llegar a una conciencia más democrática. Aprendamos a escucharnos sin dejar que nuestros prejuicios nuestro egoísmo nos impidan ver que detrás de muchas de esa voces hay un deseo igual al nuestro, de mejorar las condiciones de vida de nuestro pobre país. Porque así, gane quien gane, estaremos reforzados por la voluntad de crecer juntos como nación, que es en realidad lo único que nos hará grandes.
Los pobladores de Huayllapa, en Cajatambo, se han negado a la instalación de una mina de tajo abierto en las faldas del Raju Collota. Pese a que desde el 2002 este Apu ostenta el título de área natural protegida, “el poderoso grupo económico que pretende explotar el yacimiento logró convencer a los políticos y burócratas de turno para insistir en su proyecto depredador” http://www.larepublica.pe/02-04-2011/el-diablo-mudo-pide-auxilio
Detrás de este conflicto yace, en mi opinión, el más grave problema del Perú: el enfrentamiento de dos visiones opuestas de país.
La pregunta ahora es más pertinente que nunca: ¿A quién elegimos para aliviarlo? (Cuál elección profundizaría el conflicto y cuál lo aliviaría?)
Una de las cosas que más me sorprende siempre (aunque al parecer es también lo más natural) es la forma cómo la gente se fanatiza con los partidos o con los candidatos antes que por las ideas cuando nos toca elegir a nuestros presidentes. Y quizás conectado con eso está el que se piense típicamente en función del propio gruposocio-cultural, en la odiosa “cgu”, en lugar de en función del país como colectividad social.
Pero hay momentos en que se hace necesario dejar nuestros propios intereses, nuestras preferencias, nuestras proyecciones a un lado, en que se hace imprescindible poder mirar las cosas más allá del partido o de la identificación personal con el candidato, para pensar en el bien de todo el país. Y no me refiero a calcular estadísticamente para “no perder el voto”, que solo quiere decir: intentar, por todos los medios, lograr aquel resultado que favorezca a nuestra secta o a nuestro candidato.
Votar por PPK sería activar un factor polarizante, que no solo acrecentaría la amenaza humalista de la que nos salvó Alan la última vez (pero esta vez esa amenaza se potenciaría como un latigazo visceral frente a un candidato tan empresarial, tan status quo), sino que al final terminaría quebrándonos por donde aun estamos frágiles: en ese sentimiento de desigualdad que aun invade (y con razón) a gran parte de nuestra población. Sentimiento, además, que ha sido causa de nuestras peores heridas colectivas recientes, que podrían recrudecer por una situación como la que estamos considerando.
Por eso es que yo votaré por Toledo, aunque comparto algunos de los reparos de muchos de mis amigos ppkarakeros, me parece que aparte de saber hacer una gestión decorosa, él mismo como símbolo del país que sería de presidente electo, Alejandro Toledo de alguna manera satisface la necesidad que siente una gran parte de nuestro pueblo de ser de alguna manera representado. (No es de sorprender que a muchos de mis amigos ppkkistas les disguste la sola idea de que pueda simbolizarnos alguien que encarna tantos de los defectos que aborrecemos. La diferencia siempre ha sido una carga.)
Y votaré por Toledo también, por supuesto, porque Humala es un lobo disfrazado de carnero (un mal lobo, además). Al lobo verdadero lo conozco personalmente, de haber vivido en Caracas el comienzo de la pesadilla chavista; y sería una tragedia (que pretendo evitar a toda costa) que cayésemos en sus manos, si al final Humala se enfrentase a PPK.
Y votaré por Toledo porque el sectarismo de los seguidores de Keiko y la ignorancia y la arrogancia de mucha de su gente me enferma, aun antes de siquiera pensar en sus vínculos montesinistas con lo que no habría ya más que pensar.
Y también votaré por Toledo porque Castañeda no me gusta nada, nadita de nada. Esa es siempre una buena señal de que algo ahí muy profundo no es afín a mis valores. Me recuerda de muchas maneras la incompetencia de George W. Bush, por las innegables semejanzas corporales y gestuales; ambos tan primordiales en su postura, su gesticulación y su pre-grabada articulación. No soportaría tener a una persona gobernándonos que no puede hilar una oración sin decir alguna sandez.
Y votaré finalmente por Toledo porque PPK es, antes que nada, un economista y un hombre de mente empresarial. Y aunque, por supuesto, no hay nada de malo en eso (algunos dirían que en nuestra época serlo, y ser uno bueno como lo es PPK, es esencial), estoy convencido de que por sí solo no es lo que más necesitamos en estos momentos.
Tan y hasta quizás más grande que el problema de la pobreza en nuestro país es el problema de la discriminación social y racial que, quizás, por ser más imponderable, menos fácilmente medible, puede pasar desapercibido. Votar por PPK en ese contexto, entregarle el poder a un candidato que pareciera confirmar una vez más esa mentalidad y forma de vida Apartheid que vergonzosamente sigue siendo la nuestra, podría sentirse, por un gran sector, como un golpe bajo capaz de desatar consecuencias lamentables.
Como bien dice el refrán, no solo hay que ser decente sino aparentarlo. ¿Estaré equivocado en pensar que un voto por PPK, aunque fuese un voto decente, pecaría por no aparentarlo? Y en este caso el pecado, por más ilusorio que fuese, podría ser, igual, mortal.
Aquí les dejo el excelente artículo que motivó esta nota:
No me canso de observar que vivimos en una época de transición, de muchas maneras análoga al Renacimiento. Estamos tan convulsionados ahora como lo estuvieron entonces, desencajados por desarrollos en nuestra cultura que requieren de un cambio cualitativo, un salto cuántico en la forma como pensamos, percibimos y nos comprendemos a nosotros mismos y a nuestra época.
Esta época requiere, antes que nada, una nueva forma de relacionarnos con las cosas, de aprehenderlas, de comprender sus sentidos. Una nueva forma de pensar que, como cualquier otro cambio evolutivo, vendrá y está ya viniendo por sí solo. Lo que a nosotros nos toca, ahora como en toda nuestra historia, es tomar conciencia de ese cambio que está ocurriendo ya, para potenciarlo de las maneras que la conciencia potencia lo que integra en sí y para profundizar más nuestra propia existencia con dimensiones nuevas de sentido y vivencia, tanto a nivel individual como a nivel colectivo.
Esa nueva forma de pensar empiezan a intuirla y empiezan a tematizarla muchos pensadores de avanzada desde fines del siglo XIX. Pienso que Kierkegaard fue uno de los primeros que se anticipó a ella. A partir de su diagnóstico de nuestra sociedad como perdida a la importancia de la existencia intenta desarrollar una forma de escritura cuyo propósito es exigirle al lector una relación y un compromiso más personales y experienciales que los que permite la lectura meramente teórica. Wittgenstein es otro, al privilegiar en sus textos las multiples miradas sobre lo mismo, y la escritura por fragmentos. Marshall McLuhan es otro más, por cierto. Profeta de la era de la virtualidad, quien ha marcado pautas para comprender cómo los nuevos medios están transformando nuestra conciencia, nuestra cultura, nuestra forma de vida contemporánea.
Otro pensador que cada vez adquiere más importancia por la pertinencia de sus reflexiones para nuestro tiempo es Walter Benjamin, quien privilegia otros modos de saber y experimentar que los del intelecto y la experiencia empírica y abre una fuente de conciencia que apela más a la intuición, a la imaginación, al sentimiento como formas de saber.
En esa misma línea se encuentra Aby Warburg (http://es.wikipedia.org/wiki/Aby_Warburg), fundador a principios del siglo pasado del famoso Instituto Warburg (http://es.wikipedia.org/wiki/Instituto_Warburg) . Igual que Benjamin, y probablemente por la misma intuición de la emergencia (si no necesidad) de una forma de pensar diferente, se interesó por las relaciones entre el pensamiento mágico y el pensamiento racional y los exploró a través del estudio de las imagenes.
Recientemente se realizó en el Museo Reina Sofía de Madrid, una exposición de arte curada por el director del Intituto, el filósofo e historiador de arte, Georges Didi-Huberman, bajo el título Atlas, en la que se hace una demostración práctica, visual, de lo que significa esa nueva forma de pensar que Warburg exploraba.
De lo que se trata en esta muestra –tanto como, agregaría yo, en nuestra cultura actual– es de comenzar a entender lo que es la imagen, empezar a percibir lo que Didi-Huberman llama, “el vínculo secreto” entre las cosas que devela cada nuevo montaje de imágenes y que nos permite ver siempre nuevas constelaciones de sentido.
En la percepción de imágenes se abren modos de comprensión y se revelan relaciones de sentido que desbordan lo racional y transforman nuestra realidad (nuestra relación con el tiempo y el espacio, la relacion entre privado y público, por ejemplo) dándole sentidos multívocos, de los que surgen nuevas maneras de entender nuestra propia contemporaneidad.
Si para la convulsión del Renacimiento fue necesario un paradigma como el cartesiano, que nos enseñó a mirar el mundo a través de la mente analítica y a relacionarnos con él principamente a través del concepto y la lógica, en nuestro renacimiento del siglo XXI será necesario también un nuevo paradigma y un nuevo método, que nos enseñe a mirar más bien a través de la imagen, la intuición y la empatía y que cultive en nosotros la capacidad de percepción sintética, visceral, quisiera decir: que nos enseñe a pensar desde el cuerpo. Eso es lo que subyace a las intuiciones de estos pensadores. Es también lo que se impone como una necesidad de nuestra época.
Esta escena es uno de mis favoritos ejemplos de lo que quiero decir cuando hablo de nuestra época como una “época titánica”. Hay muchos momentos en esta escena donde se identifican los diversos aspectos de nuestro “titanismo”. Baste por ahora con apuntar a cómo esta escena en general nos muestra a la estética como una forma de objetificación que puede llegar hasta el propio yo, produciendo justamente aquella desconexión de la emoción que constituye el titanismo, o lo que en nuestro tiempo llamamos la psicopatía. El mismo Bateman lo caracteriza muy bien cuando dice lo siguiente: “There is an idea of Patrick Bateman, some kind of abstraction, but there is no real me, only an entity, something illusory, and though can hide my cold gaze I simply am not there”.
Valdría también observar cómo la cámara de Andrzej Sekula (el mismo de Tarantino en Pulp Fiction y Reservoir Dogs), que logra encuadrar cada escena con una pulcritud y transparencia que hace materia al espíritu (o más bien la falta de espíritu) de lo titánico. (El medio es, en efecto, el mensaje.)
Agrego como una nota para la memoria, que lo que me interesa de esta escena es que permite distinguir entre el hedonismo como una dolencia o patología del espíritu, que más bien responde a una actitud superficial, fría y calculadora o meramente intelectual, del hedonismo en el sentido vital que quisiera rescatar en mi manual.
Acabo de ver por segunda vez una película que me ha conmovido profundamente. No solo es un cuento exquisitamente contado con los recursos incomparables del cine para hacer públicas y colectivas experiencias que antes de su invención permanecían en su mayor parte privadas. La película es Elsa y Fred, que nos cuenta la historia de amor entre un hombre y una mujer ambos ya en sus ochentas. En el deleite de su narración, nos hace reflexionar acerca de la vejez y acerca de nuestras actitudes hacia ella; sobre el difícil proceso de la ancianidad en el seno de la familia y desde la experiencia personal. Pero además nos hace reevaluar la relación entre la fantasía y la realidad, entre la razón y el sentimiento y pensar otra vez sobre la locura y el amor y la muerte. Logra colocar a la imaginación misma y su capacidad de enriquecer la realidad en el centro mismo de su reflexión, para forjar en el espectador (o por lo menos en este espectador) una conciencia más lúcida de la plenitud de la vida. Reímos mucho en esta película, y también lloramos, pero en todo momento nos va dejando lecciones invalorables.
Los protagonistas son la soberbia actriz uruguaya, China Zorrilla, y el gran actor español Manuel Alexandre –fallecido hace recién dos días (se me hacen estas palabras por ellos mismo como un homenaje sincronístico de su genio). A dos días de la muerte de uno de sus protagonistas hay escenas en esta película que tienen el poder de lo profético, que nos hacen pensar en el vínculo misterioso de la imaginación y la realidad, que a veces se confunden y así logran echarnos una luz tan clara que nos hacen conscientes, como por primera vez, de lo que está siempre frente a nuestros ojos. Estos dos artistas logran hacernos vivenciar la profundidad tan compleja de la vida del anciano, sobre todo en nuestra sociedad tan insensible ya a los frutos de la experiencia.
No pretendo hacer una reseña de esta película más allá de lo que he dicho. Lo que sí quiero es volver al tema del hedonismo, ya tratado antes en este Blog (http://synchronicity23.wordpress.com/2010/01/04/manual-del-hedonista-pobre/) y que esta película permite enfocar de una manera que compensa la actitud empresarial y utilitaria que pareciera regir nuestras vidas en esta época.
II.
A principios de ese año, escribí un post que tuvo una recepción inesperada para mí y que me hizo perder un poco ese pudor que nos impide a veces decirnos a nosotros mismos las cosas que necesitamos decirnos. Lo empecé a escribir al volver al Perú, luego de media vida fuera, cuando me encontré viviendo en una precariedad personal, como no había conocido desde mis años de estudiante. De ahi el título que le dí al texto, a modo de irónica catarsis de las dificultades que pasaba y más que nada de la nostalgia por lo que ahora se me hace mi “vida de pachá” (como la llamaba un amigo limeño que me vino a visitar en esos años) en Venezuela: “El manual del hedonista pobre”.
Pero debo decir que me interesa no el hedonista en general sino el hedonista pobre, es decir aquella persona que se encuentra luchando por vivir de acuerdo a estándares que la realidad se niega a otorgarle o, en el mejor de los casos, pareciera otorgarle pero solo “por gotas”. Para esa persona esta batalla puede convertirse en la razón de su ser. Ya lo he dicho antes, nadie lo caracteriza mejor que Oscar Wilde cuando se describe a sí mismo, con aparente regocijo y orgullo, como alguien que siempre ha vivido más allá de sus medios. Blanche Du Bois, de la pluma del gran Tennessee Williams en Un tranvía llamado deseo lleva la misma actitud existencial, más allá de lo meramente material, a lo psíquico o emocional al confesar que ella siempre ha dependido de la generosidad de extraños. Dos frases que nos dan una imagen de este complejo del hedonista pobre.
Elsa, en Elsa y Fred, me ha dado una nueva imagen del hedonismo que estoy pregonando aquí y me ha hecho pensar que la pobreza de mi hedonista es una cualidad constitucional de su destino, que es en realidad la precariedad misma de la existencia del hombre que en Elsa y Fred se personifica en el fantasma de la vejez.
De lo que se trata este hedonismo entonces es de aquella actitud hacia la vida que considera la vitalidad como rector de vida, es decir que valora la plenitud de la experiencia como su más alto premio, y por lo tanto valora la dimensión estética de las cosas en todos los aspectos de su vida. Pero el hedonista la valora ya no como un mero adorno sino como algo imprescindible y esencial para su florecimiento, para poder lograr ser quien se sabe o se siente que es.
Los griegos hablarían de la presencia de Afrodita en esa actitud, que necesita de la belleza (la comodidad, el buen gusto, la sofisticación y sensibilidad, el eros), siempre y en todo lo que lo rodea. El hedonista pobre es un devoto de Afrodita arrojado al mundo en sus carencias. (Algo de esto hay en el chisme que corría por el Olimpo, que Afrodita era la única diosa que pasaba tanto tiempo entre los mortales…. Y también creo escuchar sus ecos en aquella magnífica frase de Rilke: “La belleza es el principio del terror”).
Pienso que en este “Manual del hedonista pobre”, que aspiro algun día terminar, algo se tiene que decir acerca de la depresión pues pareciera ser más bien la ausencia de Afrodita en nuestra conciencia colectiva lo que puede ser la causa detrás de la depresión en nuestra época. Aparte de ser la confesión de una vocación, debe ser al mismo tiempo un manual de sobrevivencia.
(Es cierto que no es claro si es la ausencia de Afrodita la que causa la depresión o si la depresión es la que causa la ausencia de Afrodita. ¿Es lo bueno bueno porque Dios lo quiere, o lo quiere porque es bueno? ¿Qué viene antes, el huevo o la gallina? Preguntas clásicas de la mente humana que nos hablan de los callejones sin salida a la que a veces nos puede llevar el intelecto desconectado de la emoción, cuya logica es mucho mas sinuosa y misteriosa.)
Habrá que distinguir, sin embargo, entre la imagen de Afrodita, conectada, como lo estoy diciendo, con un impulso vital de consumación y fruto, de la imagen como la concebimos y que prolifera en nuestro mundo virtual, global e interconectado que no es sino un divertimento. Pues aunque parecería que Afrodita reina aquí, pensarlo sería como confundir la estatua que esculpe el pobre Pigmalión con la diosa Afrodita que es alimento de su técnica.
La vida regida por Afrodita se opone radicalmente al pensamiento pragmático, que es capaz de sacrificar la calidad de las cosas por su eficiencia, por su practicidad; que desconoce el orden de las cosas por una igualdad que aplana y desvaloriza la complejidad de lo real, con su alma. Para el pragmático, hacer las cosas es valioso por lo que se obtiene, como un trofeo; el proceso mismo es más bien una especie de obstáculo que es menester siempre salvar, y mientras más pronto mejor. Para éste es importante que lo haga, mientras que para la actitud de Afrodita es más importante siempre como lo haga. McLuhan expresa esa misma intuición en su famoso y enigmático slogan: “el medio es el mensaje”.
El hedonista piensa y actúa no pragmática sino (cómo decirlo?) aristocráticamente (?); por eso es que el hedonista pobre puede considerarse una de esas contradicciones de la existencia del hombre con las que el destino al parecer mucho se divierte. Es en esa misma dirección que escribía en ese post anterior que “si entendemos como hedonista pobre a aquel a quien su propio temperamento lo coloca en una posición de precariedad, entonces podríamos decir que a éste le toca ese destino precisamente para que preserve para la humanidad la importancia de los valores de la sensualidad vital y proteja a la experiencia sensible de los excesos e inconciencias a las que nos lleva el éxito que permite disfrutarla sin limitaciones.”
El hedonista pobre es aquel cuya actitud hacia la vida, incluso en sus momentos más críticos, nunca es la del pragmático; siempre se rebela y se resiste a las circunstancias pobres que lo rodean. Mientras no lo abata la depresión, mientras Afrodita no lo abandone, convertirá su pobreza en una ocasión para encontrar la belleza de cada cosa, aun en medio de la oscuridad. A pesar de las circunstancias que vulneran sus necesidades y deseos estéticos y aristocráticos, el hedonista pobre siempre lucha. Ser “buen pobre” para él no es un logro sino una abdicación; es más, el logro tanto como la eficiencia del pragmático y el empresario son virtudes sociales que desprecia porque abdican, desde su perspectiva, a la esencia de lo que es el ser humano, subestima completamente su potencial.
Tambien se podría decir, creo que con el juicio de la mayoría, que el hedonista pobre es un iluso, un buscador de quimeras, un amante de lo imposible. Incluso se podría decir que hay ahí algo titánico, en el sentido negativo de los griegos, de un exceso vital, pues el hedonista pobre desconoce límites, porque se imagina omnipotente y está convencido de que mágicamente todo cederá ante su deseo y su voluntad. Y todo esto también podría ser cierto. Pero lo que sí es seguro, y esto es lo que esta película me ha hecho pensar, es que detrás de su aparente superficialidad el hedonista pobre articula una forma de vida que hace de la plenitud vivencial su más alto logro.
Hace un par de meses escribí un pequeño texto para la edición especial que preparaba la Revista del Instituto de Defensa Legal, Ideele, celebrando sus 20 años y su número 200. El encargo, tal como lo entendí, era escribir algo acerca del Perú, acerca de nuestra conciencia nacional hoy. Y así escribí este texto donde pretendía señalar lo que me parecen nuestros principales complejos colectivos y, especialmente, el momento privilegiado en el que nos encontramos hoy, en el cual comienza a materializarse un gran potencial peruano en el escenario internacional, y que no es sino una inesperada oportunidad que nos brinda el presente para empezar a superarlos.
A pocos días de haber enviado el texto a la revista, Alan García comenzó a hablar del 2021, introduciendo la idea del Bicentenario patrio como un objetivo hacia el cual proyectar nuestras visiones de país. Pienso que este podría convertirse en un poderoso instrumento para animar la imaginación colectiva y así servir de incentivo para alimentar la voluntad política hacia los cambios necesarios para salir realmente adelante –no solo en la economía sino donde más importa quizás: en nuestra conciencia nacional, en nuestra cultura.
En ese sentido, lo esencial es la educación, a todo nivel y en todo sentido. Sin cultura estaremos condenados en nuestro país a continuar a la merced de la demagogia y la corrupción y sujetos a la proliferación de todos nuestros más oscuros complejos. Hasta que no logremos forjar un sentido de comunidad, hasta que no aprendamos a vernos no como rivales, contrincantes, enemigos, sino como aliados, socios y hermanos no lograremos, como país, nada duradero.
Con la noticia del Nobel de Mario Vargas Llosa hace un par de días–que ha sido como un bálsamo para nosotros en una semana funesta, en la que sufrimos aun el difícil parto de las elecciones municipales (aun en proceso, como una llaga infestada)–, se confirma la intuición que expresara en el texto de Ideele, de que estamos en un momento privilegiado para nuestra conciencia nacional, en un K’airos que no podemos dejar de aprovechar para propiciar cambios de fondo, fortalecidos hoy por los aires de bonanza que soplan en torno a nuestra identidad nacional.
Les dejo aquí el texto de Ideele al que he estado aludiendo: